“Cuanto más arriesgamos nuestras vidas, mejor se ve en la pantalla grande” dice Steve-O en Jackass; Best and Last. La película es una combinación de “grandes éxitos” ya vistos en la serie y en las películas anteriores con gags nuevos hechos especialmente para esta entrega. Entre rememoranzas y últimas danzas, la banda reflexiona sobre su quehacer. Los tópicos de las charlas no varían mucho: lo descerebrados que supieron ser y la imposibilidad de seguir siéndolo por los riesgos que trae envejecer. Ya no pueden golpearse como antes pero, a su vez, los cuerpos recuerdan los golpes dados al servicio del entretenimiento. En una entrevista que encontré en Youtube, Johnny Knoxville recuerda la conmoción que le generó la embestida del toro en Jackass Forever. Uno de los comentarios al video señala que después de ese gag pareciera que Knoxville empezó a hablar un poco más lento.


Al día siguiente de ir a ver la última Jackass al cine me junto con un amigo que me pregunta cómo estuvo la película. Le cuento que hacía mucho no me reía tanto, que hasta llegué a aplaudir a la pantalla. Curioso por el relato de mis reacciones, me pide que le cuente qué fue lo que me hizo reír tanto. Empiezo a relatarle y veo que su cara se mantiene seria. Presto atención a lo que narro y me doy cuenta de que estoy enumerando una maratón de desgracias que nada parecen tener de gracioso. Le hago un comentario al respecto y se le ilumina la cara: “Sí, totalmente, parecen más bien torturas”. Me consta que no, pero la conversación me deja pensando en mi imposibilidad para relatar aquello que me causó tanta gracia.
Las risas, se sabe, contagian. Y en Jackass sobran. Hay un despojo del relato que deja en evidencia el gag por sí solo. Acumulados se vuelven una especie de catálogo de chistes físicos. Desde los más austeros que requieren tan solo un cuerpo que haga la mortal y caiga mal hasta la creación y construcción de máquinas surrealistas como ruedas de piernas calzadas en botas de trabajo que giran velozmente para dar una y mil patadas a quien se ponga abajo de ellas. Es fácil ver la relación de Jackass con Buster Keaton cuando el número final de la segunda parte es un homenaje explícito a él. Además de la participación de Knoxville en el documental de Bogdanovich, The Great Buster. Aun así, la lógica de Jackass me remite más a Unknown Chaplin, el documental de Kevin Brownlow donde vemos los outtakes de Chaplin y cómo toma a toma va sofisticando el chiste hasta llegar a su forma perfecta. Algo de eso hay en Jackass: despojada la narrativa que anexa el inventario de gags, solo queda el disfrute individual de cada uno de ellos. No hacen falta explicaciones sino simple y llana exhibición. Uno atrás de otro hasta que eventualmente termine la película.




Jackass Number Two (Tremaine, 2006) / The Great Buster (Peter Bogdanovich, 2018)
El ejercicio constante de la estupidez requiere una gran inteligencia. Al menos eso creo. El chiste no está solo en el golpe, sino en cómo se setea el contexto para que acontezca. En su despliegue, en su dedicación. Mayor será la risa cuanto más efectivo sea el procedimiento que la provoca. Y en eso consiste Jackass. Cuando el gag funciona todos ríen, incluso aquellos que se lastimaron para que la risa floreciera. Se miran entre sí con los ojos bien abiertos, carcajeándose, como si no pudieran creer lo que acaban de hacer. Y yo me río con ellos. Pero sé que esta explicación sigue siendo insuficiente para explicar la alegría que me producen.
Ayer alguien me dijo que había visto Love Streams por primera vez y que le había asombrado la imposibilidad de poder explicar lo que pasa en la película. Sabía que podía decir lo que vio y escuchó, pero también sabía que no podría transmitir bien eso que pasa en la película y que, consecuentemente, le pasó a él con ella. Es fácil decir “es como un sueño” o “es como esas noches de soledad donde todo pesa más que de costumbre y el tiempo parece no pasar”, y no estaría mal. Pero tampoco sería suficiente. Hay un resto (o un plus) indescriptible que las palabras no logran rodear. Hay una canción de Don Cornelio y la Zona, “Realmente”, que arranca diciendo: “Realmente / no sé si las cosas / o si tal vez las palabras”. Como si fuese una opción o la otra. “Cosas” puede reemplazarse por “imágenes” y el punto sería el mismo. Es un fracaso lindo la imposibilidad de describir aquello que tanto nos conmueve. Como si ahí residiera cierto brillo de su gesta, de su singularidad. ¡Feliz punto ciego de la comunicación!

Todo esto me trae a la cabeza un tema sensible: el uso de la descripción en la crítica cinematográfica. Me refiero al “contar de qué va”. A esa idea de relatar lo visto como punto de partida de los textos. Como si en su enunciación residiera aquello que destaca la mirada y, por ende, ahí estuviera la materia prima sobre la que después se hablará. Es decir, aquello que llamó la atención. El señalamiento primero para la posterior inspección. Me histeriquea un poco este tema. Tiendo a creer que esta escuela proviene de lecturas erróneas de la obra de Manny Farber. O quizás de una ingenua sobreestimación cinéfila que prepondera el ojo que observa. Veo la intención de describir como una forma de empatar las palabras con la imagen audiovisual. Y hace falta un muy buen estilo de escritura para que no se genere una inevitable comparación entre el texto y aquello que busca abordar. En tales casos, cuando la escritura es buena, la descripción está más cerca de la literatura que de la crítica. O al menos eso creo yo. Y son pocos los ejemplos que se me vienen a la cabeza. José Miccio, tal vez. Y consta en los textos la importancia que tiene la literatura en su vida y obra.
Está ese mito bonito que cuenta Raúl Ruiz en Poéticas del cine sobre los copistas de un museo portugués que por las noches se dedican a copiar extractos de los cuadros ahí exhibidos. Y que noche a noche van profundizando en el extracto, ampliando el recorte, hasta que llega un punto en que aquello que pintan es algo nuevo, desconocido, que no se hallaba antes en el cuadro del cual partieron. Podría pensarse esta posibilidad como solución al problema de las descripciones. Narrar la precisión obsesiva de un detalle hasta que aparezca ahí algo que no estaba antes. El tema es que seguiríamos bordeando las imposibilidades ya que yo quiero hablar de lo que veo en Jackass, no de algo nuevo ajeno a Jackass. Quizás se trate de agarrar con fuerzas las pinzas de la contradicción: de lo que se quiere y no se puede, de lo que se puede sin quererlo. Y todas las variables que quepan en esa danza. Quizás tenga que hablar de otra cosa que no sea Jackass para llegar a la sensación que me genera. Nada de descripciones; más bien alegorías, metáforas. Paralelismos, quizás. O sinsentidos que por asociación, semejanza o lisa y llana magia hagan de cierta forma sentido. Como dice Huidobro en Altazor: “Los cuatro puntos cardinales son tres: el sur y el norte”. Hay veces que la mejor forma de definir algo es señalando todo aquello que justamente no es. A la manera de biombos que separan amistosamente espacios, así quizás haya que acercarse a las cosas para que no se nos escape lo esencial.
Quizás se trate de no intentar traducir la risa en palabras. Quizás deba imperar la onomatopeya. Que nos alcance con ella, que nos sea suficiente. En la risa está la potencia de una explicación sin necesidad de justificaciones. Es razón y conclusión a la vez. Como en los chistes de Condorito donde el “¡Plop!” clausura sin más. Basta de palabras, acomodemos la materia a la fuerza de lo elemental. Un último tortazo, una regia risa y taza, taza, cada uno a su casa.




Unknown Chaplin (Brownlow, Gill, 1983)
