Para acompañar la presentación de La mirada cinéfila. La modernización de la crítica en la revista Tiempo de Cine (Daniela Kozak, Taipei Libros, 2026), compartimos el editorial del primer número de la revista, publicado en agosto de 1960. Tiempo de Cine fue una de las publicaciones clave que acompañaron la renovación del cine argentino a comienzos de los años sesenta. Como detalla Kozak en el libro, este texto, como carta de presentación, significó “toda una declaración de principios”. La revista hacía un diagnóstico lapidario del estado del cine argentino y llamaba a los jóvenes realizadores a hacerse cargo de la gesta, a “emprender la desmesurada tarea de rehacerlo todo”. “Quijotes para una agonía” es uno de los varios textos recopilados en el anexo de La mirada cinéfila, que complementan la minuciosa reconstrucción realizada por Daniela Kozak sobre la historia de la revista y el contexto cultural que la impulsó.


El cine argentino se muere de a poco. Muere una muerte gris, de soledad, de incertidumbre, de invierno. Muere la triste muerte del orgulloso. De aquél a quien no salva ni el recuerdo de lo que fué. El cine argentino, sus artesanos, sus actores, sus técnicos veteranos, sus peinadoras, sus extras de San Miguel, se van convirtiendo en una piedra seca, fea.
Es un cine cansado, que jamás llegó a caminar con confianza, con el desenfado que proclama la irresponsabilidad o la conciencia plena del propio valer.
Es un cine que ha nacido de nuestra clase media. Quizás de allí su muerte, de allí su estratificación, de allí sus prejuicios.
Es un cine que dura porque muerde la esperanza. La esperanza del crédito, de la protección estatal, de que las actrices bonitas reconquisten mercados internacionales en cualquier festival. Que las simples sonrisas de nuestras muchachas —y de las que dejaron de serlo—, cierren esa puerta negra que da a la inseguridad.
Es un cine que necesita engañarse, mentir, cubrir sus ojos para no ver el hueco que hay por futuro.
Orson Welles dijo, alguna vez, que la moral es un fenómeno típicamente burgués. Que este fenómeno no se da ni en la clase alta ni en el proletariado más bajo de la sociedad.
Y nuestro cine padece la agonía que le impone la moral de la clase que lo gestó.




Así como el político tradicional argentino posee la picardía del criollo y asombra con la inocencia que le proporciona su falta de información y de experiencia, así, el hombre que hace el cine argentino hasta este momento posee la sagacidad contradictoria del político: una entrevista al Presidente con la presencia de actrices bien vestidas y resplandecientes (la pompa de jabón gratuita e iridiscente); pero es derrotado cuando debe proceder con razones, cuando debe oponer argumentos a organizaciones poderosas —exhibidores, por ejemplo, censura, por ejemplo.
Descartamos, por un momento, esta clase y vemos qué pasa con el proletariado del cine. Pero los gremialistas que hacen nuestro cine cuando se manifiestan no ofrecen solidez en sus tesis. Carecen de convicciones. ¿Acaso la conciencia gremial no se adquiere con la gimnasia que impone la lucha? ¿Y cuándo se luchó en nuestro blando cine?
Se subestima al espectador manteniendo prejuicios con respecto a los sistemas de valores de nuestro público. Y estos prejuicios son justificados y no lo son. El éxito comercial de He nacido en Buenos Aires condice con la debilidad comercial de Fin de fiesta, en cuanto a nuestro cine. Pero se olvida la contraparte: el éxito comercial de Hiroshima mon amour o de El arpa birmana, hunde más en el olvido a gigantes como Los diez mandamientos. Se insiste en que la gente entiende poco, que precisa alimentos superficiales para su sensibilidad epidérmica. Que las necesidades intelectuales, emotivas de nuestro público no van más allá del mal tango, del mal radioteatro, de la mala intérprete, de la anécdota simplona. Y, por cierto, no es fácil distinguir entre el hábil producto artesanal de segundo o de tercer orden y el muy buen cine.



Porque nuestro cine está rodeado por una prensa reaccionaria, amarilla. Por revistas mal escritas, producto de los genuflexos del peso rápido. Producto del mismo cine argentino que necesita del favor para estimular el elogio, el interés.
El cine argentino se bambolea, colgado de un barrilete cuya cola es la esperanza de que los paisajes —por sí—, los temas tradicionales —por sí—, que el cielo mismo, o vaya uno a saber qué, operen el milagro renovado de la resurrección del cine argentino.
El cine argentino ha matado la espontaneidad.
Resumiendo, vemos que nuestro cine necesita, según lo intuido por su gente, una salvación mesiánica. Mas esta salvación no vendrá ni del cielo, ni del paisaje, ni de la gente ya seca y desgastada, ni del gobierno, ni de la falsedad de una declaración en un reportaje radial, ni de las sonrisas de nuestras estrellitas, ni del gremialismo suspicaz.
Esta salvación tiene que venir de los quijotes.
De los eternos quijotes de cualquier actividad humana. De los jóvenes. De la inexperiencia. Del error, de la acción gratuita. De los que ya están pagando el “derecho de piso” en esta industria. De los que apartaron la esperanza de su camino y se largaron a caminar —algunos de ellos con los andadores del cortometraje, otros escribiendo, quienes haciendo música, unos pocos dentro mismo de la cinematografía local. Esta salvación tiene que venir de los que quieren emprender la desmesurada tarea de rehacerlo todo. De los quijotes.
¿Quijotismo significa locura? Suponemos que eso dirán los moderados, los tibios, los eternos contemporizadores de la mentira. Pues sí. Necesitamos de la locura. De la locura con los ojos abiertos. Y por eso estamos aquí. Para ayudar a mantener los ojos abiertos a los quijotes del cine. Para ayudarlos y criticarlos. Para corresponderlos en el plano teórico, para catalizar un nuevo lenguaje, para abrir la selva oscura de conceptos donde naufragan tantas buenas intenciones. Por lo mismo, nuestra objetividad se limitará a la información. En el plano estético y en el plano humano no somos contemporizadores de la blandura y las concesiones a la comodidad. Ni del acomodo social, ni político, ni artístico. Locura, tal vez. Pero con los ojos abiertos.

