El otro día salí de un café y vi un grupo disperso de personas mirando al cielo en la misma dirección. Parecían abducidos, como si hubieran perdido control por algo que los dominaba en diagonal hacia arriba. Sus caras no delataban ninguna emoción fácil. No era sencillo de intuir qué les pasaba ni, sobre todo, qué provocaba eso que les pasaba. Era lo contrario a la gente con el corazón roto que llora en las calles con una desvergüenza y falta de pudor dignos de quienes creen estar atravesando un dolor nuevo y único que no tiene parangón con absolutamente nada; es lindo cuando alguien quiere y puede llorar y ya. Nada importa más, se les acaba de terminar el mundo. Al menos por un rato. Acá no, acá nadie lloraba pero tampoco sonreía ni fruncía las cejas. A lo sumo un brillito en los ojos que podía estar motivado por las luces de las calles céntricas.
Mi primer impulso fue acercarme y predisponer el cuerpo en la misma dirección que este grupo. Así pude entender qué los demoraba, qué los suspendía. En el cielo había un rosa inédito teñido en nubes leves, cruzado con un amarillo en salida y un azul oscuro que llegaba. Me quedé unos segundos observando, los suficientes para ser el nuevo adepto de este grupo espontáneo de contempladores. Desconozco si detrás de mí alguien nos vio y, movido por una curiosidad respecto a qué nos demoraba, se sumó también. Tampoco es que importara ya, me era suficiente con el secreto que suponía esa perspectiva única de ese cielo particular.
Estoy leyendo El hombre que fue Jueves. En el primer capítulo Chesterton describe el cielo de Saffron Park al atardecer. Se demora unas líneas en intentar describir la singularidad de esa imagen, de esa inmensidad. Dice que se trataba de un “extraño crepúsculo” en el que el cielo se revestía de “un plumaje vivo y casi palpable”, como si estuviese lleno de plumas que, dependiendo la altura a la que se encontraran, cambiaban de color. Por ejemplo: las más cercanas al sol parecían en llamas, y las más altas parecían “grises con tintes raros de violeta y de malva”. Después de un rato se cansa, o agota sus posibilidades, y señala que el cielo mismo parecía un secreto. Como acusando recibo de la imposibilidad de poner en palabras eso que ahí arriba pasaba en simultáneo al abajo terrenal donde transcurrirá, unos párrafos después, la intriga de la novela.


Me gusta la idea de que aquello que no se puede poner en palabras se vuelve un secreto. Es como empaquetar la imposibilidad a modo de regalo, con moño y todo. Una forma de volverla tangible, cercana. Marcelo Cohen en Un año sin primavera señala la importancia de comentar el clima como forma de conversar levemente en la calle. Costumbre que, cree él y suscribo yo, se va perdiendo. Cohen dice que la clave de esa charla aparentemente banal y fútil está en el ejercicio de revestir de palabras la imagen en común. Llenarla de palabras y compartirlas con un Otro que traerá las suyas. Algunas coincidirán, otras no. He ahí la magia del intercambio conversacional.
Hay un chiste que pasa dos veces en Géminis de Carri. Los hombres de la familia miran el cielo. Uno de ellos apunta con el dedo y pregunta “¿Y ese?”, a lo que Fanego, ambas veces, responde “No, eso es un avión”. Sólo los vemos a ellos, el cielo se imagina. Pero, justamente, se imagina por negación. Primero, brevemente, la creencia de una estrella fugaz en fuera de campo que luego se transforma, en la omisión de lo que no podemos ver pero sí intuir, en un avión. En ambas ocasiones el chiste es idéntico: el cielo no se ve. Tan solo la mirada atenta y su consecuente confusión. Por supuesto que la gracia se cae si lo viéramos, si se volviese una imagen aquello que nos llega comentado. Es difícil que un cielo esté a la altura de una fascinación. Pasa a veces con la luna: alguien se sorprende por su tamaño, por su presencia, y cuando la vemos no se condice con ese asombro ajeno. O no es que no se condice, sino que no está a la altura de lo imaginado. De la expectativa. Quizás por eso me funcionó el cielo del café. Porque las miradas eran opacas, no revelaban ninguna emoción: ni asombro ni melancolía. Ni todas las que no son esas dos.


En Ciudadano Welles, Bogdanovich relata una escena en la que Orson está tirado en el jardín. “Tumbado boca arriba sobre la hierba (…) observa las luces de los aviones, que siguen sus pautas de vuelo sobre el próximo aeropuerto”. Al parecer, acá no hubo confusiones con estrellas fugaces. Por otro lado, es curioso que justamente sea Welles quien está tirado mirando para arriba. Él, especialista en esos planos contrapicados que deforman la realidad de las perspectivas y vuelve a los cuerpos gigantescos y estoicos, inclinados y clavados a la tierra como sombrillas en la playa. Al preguntarle Bogdanovich sobre su tendencia a componer esos planos tan angulados en El ciudadano, Welles contesta que lo pensó en contra de las películas de estudio en donde no existe el techo y, en su lugar, se usa ese espacio para colgar las luces. Lo que usualmente se conoce como “parrilla de luces”. Él quería, justamente, que la cámara muestre lo que los ojos ven normalmente cuando se mira algo. Y que cuando uno entra en un cuarto es difícil no mirar el techo. Más adelante, esta costumbre de contrapicar la cámara le va a servir para mentir los fondos y filmar en distintas partes del mundo escenas que deberían suceder en un único espacio común. Es curiosa la idea de asimilar el techo. ¿El cielo no se mira porque asumimos que estará ahí siempre? ¿Es por esta razón que nos perdemos la posibilidad de fascinarnos con sus variables colorimétricas y su catálogo infinito de nubes?
Sin necesidad de irme demasiado lejos, la perra de mi abuela y mi tía tiene casi un año. El otro día, por primera vez, miró para arriba y se percató de la existencia del ventilador de la cocina. No podía parar de ladrarle. ¿Qué hizo que levantase la mirada en ese momento en particular? Podría haber pasado en cualquier momento: ayer o dentro de cuatro años. Pero pasó cuando algo o alguien, no sé bien qué, lo dictaminó. Y en ese momento se le reveló una certeza nueva. Una altura nueva a la realidad. Se desplazó el tamaño de su techo. O, quizás, jamás pensó que existía tal cosa, y el arriba se le presentaba como un vacío, como la aparente nada. Pienso en los bebés, en su falta de consciencia del peligro, en su no saber que la caída desde una altura considerable puede ser fatal o que el filo de los cuchillos corta.
Cuando miro el cielo hay un momento breve de sorpresa, como si me hubiese olvidado de su estar constante ahí. Lo mismo me pasa cuando me asombra el detalle arquitectónico de una casa de una cuadra que caminé muchas veces. ¿Cómo puede ser que no lo haya visto hasta ahora? ¿Por qué? Al final de L’amour fou de Rivette, ya separada la pareja, hay una escena en la que él camina por las calles de París. La música es disonante, inquieta. Sugiere que algo está por pasar, pero no sabemos bien qué. Como decía: él camina y vemos, en una especie de contraplano subjetivo, lo que va observando. Las cúpulas de los edificios, en contrapicado. Camina y observa. Atento, curioso. Eventualmente la música frena pero él camina un poco más. A su costado, en la fachada de un edificio un espejo lo frena. Se acerca a él y se mira. Dura unos segundos, este momento. Parece analizar su impresión, intentar reconocerse en ella. El plano se sostiene y yo, como espectador, empiezo a dudar de quién es la persona y quién el reflejo. ¿Quién observa a quién? En esta mirada en circuito cerrado él parece reconectar con algo. Tal vez se acordó de sí mismo. Puede que esa vuelta al yo sea lo mismo que le generó la prestancia, la curiosidad, para levantar la cabeza y mirar todo lo que está encima suyo, rodeándolo.




En Un género culpable, Eduardo Grüner habla del “acontecimiento enunciador”. La emergencia de una sorpresa que lo hace levantar la cabeza de lo que está leyendo y que lo lleva hacia alguna asociación. Para Grüner, esos momentos de chispa mental son los que, acumulados, hacen a un ensayo. Por ende, el ensayo no sería más que una autobiografía de lecturas. De los libros que te hicieron levantar la cabeza y pensar. En el cine, ¿cómo aplicaría? ¿Serían los momentos en los que buscamos la mirada de la persona con la que fuimos? ¿Se trataría de esa complicidad? ¿O de las películas que nos hacen salir de la sala aturdidos, no entendiendo bien dónde estamos, cómo seguir? Tiendo a creer que mirar para arriba mientras se camina es entregarse a una especie de ensoñación del pensamiento. Algo así como olvidarse del piso y de la gravedad que nos posa una y otra vez sobre él, a pesar de lo alto que saltemos.
“La realidad y la imagen” se llama un poema de Manuel Bandeira que me gusta mucho. Lo transcribo porque es breve:
El rascacielos sube en el aire puro lavado por la lluvia
Y desciende reflejado en el charco barroso del patio
Entre la realidad y la imagen, en el suelo seco que las separa,
Cuatro palomas pasean.
Pienso seguido en él. Es la descripción de una distancia. ¿Temporal o espacial? La lógica me hace inclinarme por la segunda, pero la intuición me sugiere barajar la primera. Quizás se trate de ambas. ¿Qué es un reflejo sin el tiempo que lleva apreciarlo? A su vez, la realidad y la imagen funcionan como un paréntesis que encierra un significado. Un contenedor de algo. Como la estela de los platos voladores que elevan a los terrícolas hacia la nave. Un vaso conductor, desde el fondo del charco hasta la punta del edificio. Al servicio de los caminantes cabizbajos que andan perdidos en sus miserias cotidianas. Basta uno de estos recipientes callejeros de agua vieja pero reflectante para invitarlos a levantar la vista y observar eso que en su ensimismamiento no pueden terminar de ver. Como remate, cuatro palomas. Pasean ellas, sí, pero eventualmente volarán. Sobre los techos, entre las antenas. Quizás, por suerte o casualidad, pueda llegar a pasar un avión. Algún iluso lo confundirá por una estrella fugaz y gastará un deseo. Eso sí: nadie le quitará lo imaginado. Es su secreto intransferible.

