prefiero ir al jardín
a proyectar diapositivasJuana Molina, “Paradojas”
cero
Que estamos cansadas y deprimidas. Que la ansiedad nos mantiene encerradas en una jaula de miedo que mezcla futuros próximos y distantes. Que la salida es colectiva, aunque en grupo somos Narciso comparando reflejos. Que solo deseamos lo que el capital dispone. Que nuestras imágenes del futuro son paisajes arrasados y ni nosotras ni nada de lo que nos parece hermoso y conmovedor en este mundo está ahí. Pero que igual imaginemos cómo sería esa foto en la que estamos y vivámosla en el presente para hacerla realidad en el futuro.
¡Pero si estamos cansadas y deprimidas y ansiosas y desveladas y envenenadas!
No importa.
Que se haga la ciencia ficción que nos muestre ese futuro refulgente en el que pudimos crear algo distinto a lo que el capitalismo hizo con nosotras. Porque en despertar la potencia de un futuro en el que sí estamos se nos juega el futuro mismo. La vida humana en la tierra. La vida en la tierra. La vida.
Entonces llega la ciencia ficción y dice otra vez: Mirá, te traje una nueva distopía. ¿Querés saber cómo sería el mundo si exploramos este otro aspecto del presente?
Sí. Dame todas las imágenes del horror. Vomitemos toda la disgregación, toda la destrucción, toda la tristeza, toda la potencia desertificante del capital. Quiero conocerlo de todas las formas posibles, porque conocerlo es vislumbrar cómo funciona el deseo, y vislumbrar cómo funciona el deseo es empezar a comprender cómo producimos realidad. Dame todas las formas de la pesadilla.

uno
La tarea de la ciencia ficción no es imaginar futuros, aunque sea una de las cosas que efectivamente hace. En la introducción a La mano izquierda de la oscuridad1, Ursula K. Le Guin propone leer el género en clave de experimento mental. Cuando pensamos la ciencia ficción como un procedimiento de extrapolación, esta toma una forma predictiva que termina casi invariablemente en la extinción de la vida en la tierra. El experimento mental, en cambio, busca describir el mundo presente. Quienes escriben ficción cuentan “cómo son ellos mismos, cómo son ustedes —qué está pasando—, cómo está el tiempo ahora, hoy, en este momento, la lluvia, la luz del sol, ¡mirá! Abrí los ojos, escuchá, escuchá”. Y quienes hacen ciencia ficción usan el futuro como metáfora (toda ficción, para la autora, es metafórica). “¿Metáfora de qué? Si lo hubiera podido decir de forma no metafórica, no hubiera escrito todas estas palabras, esta novela”.
Entiendo que Fredric Jameson comparte este punto de vista cuando dice que la ciencia ficción explora “las limitaciones que pone la historia, la red de contrafinalidades y antidialéctica que la producción humana misma produjo”2. La ciencia ficción sería a los géneros literarios lo que El capital es a la economía política. Si queremos un texto marxista que nos movilice, no vamos a El capital, vamos al Manifiesto o a las Tesis sobre Feuerbach. ¿A dónde vamos, entonces, a buscar imágenes que tengan la fuerza de hackear, aunque sea un momento, nuestro estado de inercia? ¿Existen formas de narrar que nos convenzan de que podemos organizarnos de otras formas, hacer otros mundos antes de desaparecer?
Si sabemos que utopía significa no lugar, me pregunto por qué insistimos en buscar utopías en historias cuyas condiciones de posibilidad se asientan en este presente, que investigan los modos en los que somos presa de esas fuerzas que, como el hechicero del Manifiesto, desatamos y ya no sabemos cómo controlar. La potencia del deseo anónimo y nihilista del capital. Si sabemos que utopía significa no lugar y estamos tan necesitadas de ella, pues también somos deseo de otras cosas, entonces vayamos a buscarla a otros lugares.


dos
Después de una década de aventuras y de haber derrotado al rey demonio, Himmel el Héroe, Heiter el Sacerdote, Eisen el Guerrero y Frieren la Maga llegan a las puertas de la ciudad y se preguntan qué van a hacer ahora que cumplieron su misión. Así, por el final, empieza la serie de anime Frieren3.
La noche de la fiesta de bienvenida coincide con una lluvia de cometas. Frieren, que además de maga es elfa y por lo tanto muy pero muy longeva, se queja de que en la ciudad no es posible apreciar el espectáculo astronómico y dice que la próxima vez, en cincuenta años, llevará a sus amigos a un buen lugar que ella conoce. Sus amigos le recuerdan, una vez más, la diferencia de escalas temporales. Puede que en cincuenta años los dos humanos del grupo (Himmel y Heiter) estén muertos o demasiado viejos para moverse.
Frieren no se trata de cómo un grupo diverso de gente buena derrota a los demonios, sino de cómo una elfa milenaria aprende a relacionarse con gente que vive mucho menos tiempo que ella. La maga se enfrenta, simultáneamente, a la pérdida de las personas que ama (con quienes, se da cuenta tarde, podría haber aprovechado mejor el tiempo) y al intento de adaptar su propio tiempo al de sus nuevos vínculos con humanos. La narración alterna flashbacks con acción presente: Frieren recuerda su gran aventura y resignifica los momentos con sus nuevos amigos. Este vaivén construye un ritmo tranquilo que se articula con un tono de baja intensidad (no hay estridencia ni en el color ni en la velocidad ni en el sonido), sin renunciar a la acción y a peleas épicas extendidas que son marca del shonen.


tres
Frente a la historicidad materialista de la ciencia ficción, la narrativa de fantasía recurre a mitologías y mistificaciones, según Jameson. De ahí su preferencia por modelos precapitalistas. La ciencia ficción es heredera del impulso ilustrado que, en sus mejores versiones, desemboca en el materialismo. Por eso mismo se ve obligada a explicar lo maravilloso como resultado del desarrollo de fuerzas productivas y de transformaciones sociales. El fantasy, en cambio, no tiene que explicar nada. Lo mágico y lo maravilloso son parte de la lógica de sus mundos. Así termina siendo paradójicamente mimético. Si la ciencia ficción es modernista, el fantasy es realista, aunque de una realidad encantada.
Esta falta de historicidad suele encerrar a la fantasía en lógicas primitivistas. El tiempo histórico entra a un nivel temático como reflexión nostálgica sobre el desencantamiento del mundo, y la negatividad del cambio se replica en el maniqueísmo moral: del lado del mal quedan las fuerzas del progreso maquínico, del lado del bien los valores rurales tradicionales. El Mordor de Sauron contra la Comarca de los Hobbits. Sin embargo, todavía siguiendo a Jameson, en novelas como la saga Terramar de K. Le Guin el esquema clásico del fantasy toma un desvío. El punto de partida es el enfrentamiento con el mal, pero encarnado primero de forma individual, en la sombra del mago. Ged debe enfrentar, en su camino de aprendizaje, a esa parte suya que busca en la magia el dominio absoluto sobre el mundo. Una vez culminado el camino individual, su tarea se imbrica con la crisis global que provoca un desbalance en el ecosistema debido a la pérdida de la magia por el avance (ahora sí) de fuerzas modernizantes e imperialistas.
“Es la huella de esta historia y de este trauma histórico que abre la posibilidad, desde Le Guin a Perdido Street Station, de un fantasy materialista, un dispositivo narrativo de fantasía capaz de registrar el cambio sistémico y de relacionar síntomas superestructurales con desplazamientos y cambios infraestructurales”. Y cuando interviene esta “historia profunda”, sigue Jameson, aquel binarismo moral supersticioso se transforma en “fenómenos sociales concretos bastante más horrorosos que las viejas abstracciones”.

cuatro
Entre todos los productos de la cultura de masas el anime nos ofrece, con bastante frecuencia, fantasías materialistas que relacionan síntomas culturales con cambios en las relaciones de producción y, en ese proceso, se hace cargo de las ambigüedades que produce la modernidad cuando viene de la mano del heterocapitalismo imperialista. Princesa Mononoke de Hayao Miyazaki es el mejor ejemplo, pero también podemos pensar en Utena y su crítica barroca a la opresión de género a través de una lectura cuir de los cuentos de hadas, en Attack on Titan y su problematización de la historia de los judíos en Europa y del estado de Israel, en la pregunta por el ejercicio del poder como dominación en Berserk.
En comparación con los anteriores, Frieren no parece hacer nada original ni desmarcarse de imaginarios clásicos, occidentales, del género: el mundo premoderno, los elfos y los enanos, demonios, monstruos y dragones, la magia. Según sus defensores en Reddit, esta aparente falta de originalidad se compensa con la perfección en todo lo que propone. Frieren “lo hace todo bien” y por lo tanto es altamente disfrutable. Pero esa perfección clásica disimula el impacto del desplazamiento formal y temático que opera Frieren al comenzar, como dice su subtítulo, “más allá del final del viaje”, después de la gran aventura. Este recurso sencillo inscribe a la serie en el grupo de la fantasía materialista.



El primer efecto de este movimiento es que evita la nostalgia primitivista. Salvo quienes fundan su poder en la necesidad de la guerra, nadie desea volver a los tiempos del rey demonio. Estamos en ese momento difuso en el que el conflicto que organizaba el mundo desaparece, pero todavía no es claro cómo será el mundo que viene y cuáles serán sus grandes batallas, si es que las hay. La derrota del rey demonio hace que el conflicto se disperse como las astillas de un espejo roto. También abre la historia, el tiempo del cambio social. Quienes ocupaban posiciones de poder pierden su norte, el estudio y la práctica de la magia se democratizan. La derrota de los demonios viene de la mano de un proceso de desaparición de los elfos, el tiempo se acelera, se hace humano.
Combinada con la hiperlongevidad de la protagonista, esta inversión del comienzo invita a una reflexión a contrapelo sobre el paso del tiempo histórico. Frieren ve cómo las historias que circulan sobre sus amigos se transforman en mitos y sus amigos en estatuas a las que a veces se olvida. Cuando sus nuevos compañeros se decepcionan al descubrir la falsedad de uno de esos relatos míticos, responde que eso es lo que pasa con los héroes y los años: las historias que se cuentan sobre ellos se separan de su naturaleza hasta que prevalece el mito. Las reflexiones de Frieren podrían ser las de una piedra, si a las piedras les interesara el mundo humano. La vida corta de los humanos, entiende Frieren, fragmenta el tiempo histórico y, en su necesidad de conservarlo, lo falsea y lo mistifica.
Al empezar por el final, Frieren renuncia a lo que K. Le Guin llama la narrativa lineal del cazador. No hay un objetivo hacia el que avanzar y el tiempo, en su inversión y expansión, se dispersa, se demora en desvíos, se detiene en los vínculos. Un poco el reverso de lo que la misma K. Le Guin hace en “El día antes de la revolución”. En ambos casos hay una intuición poderosa: se puede narrar el antes y el después, pero nunca el acontecimiento mismo, la ruptura que abre el espacio para un afuera. También nos recuerda que ningún acontecimiento puede clausurar la historia en tanto existan seres que viven el tiempo y el lenguaje. La muerte del gran monstruo no elimina todo conflicto, toda pérdida, toda tristeza, pero sí nos regala el tiempo necesario para sumergirnos en lo que más nos importa.


cinco
La magia siempre supone un intercambio y en los cuentos populares suele costar más de lo que el ingenuo está dispuesto a pagar por ella. En Frieren el intercambio es metabólico y tiene lugar en el cuerpo del mago. Su fuente de poder es el mana, una energía que crece a través del entrenamiento y que puede agotarse por un rato, después de hechizos largos o difíciles. La magia en Frieren recuerda a las artes marciales. Requiere de cierta disposición pero, sobre todo, de disciplina, paciencia y estudio. Hace notorio, como querría Simondon4, el isomorfismo de las dimensiones de la sacralidad y la tecnicidad: es meditación y entrenamiento, estudio y práctica.
Nuestra relación cotidiana con los objetos técnicos también da cuenta, aunque de modo espurio, de aquel isomorfismo. “Todo objeto técnico cerrado […] se presenta como algo que ofrece un poder definido que custodia y transporta; es objeto de prestigio o de encanto, voluntariamente misterioso e impresionante”. Los diseñadores, fabricantes y publicistas saben captar nuestra hambre de magia: ahorrar esfuerzos, acortar distancias, liberar el tiempo. Para el inconsciente del usuario, “moderno” significa “mágico”, y “mágico” muchas veces significa automático, no por mecánico sino en cuanto los objetos técnicos se comportan como un doble de sus operadores. Son nuestras piernas, brazos, manos, bocas y oídos. Nos liberan del esfuerzo y de la ansiedad, nos aseguran el éxito. Un objeto técnico cerrado es como un amuleto, un objeto mágico atomizado, separado de la red espacio-temporal del rito para satisfacer nuestros intereses individuales.




En uno de los primeros capítulos de Frieren, Eisen el Guerrero dice que “toda magia comenzó como un cuento de hadas”. El mito, en la magia, se ubica al principio. La magia proviene de los monstruos y los demonios, que la ejercen de forma espontánea. Y, cual Prometeos, elfos, humanos y enanos la roban a los seres mitológicos. “Hace solo cuarenta años que los magos aprendimos a volar”, cuenta Frieren en otro capítulo, y todavía no dominan la habilidad porque la aprendieron “sin conocer sus principios”. El tiempo, el estudio y la práctica desmitifican el ejercicio de la magia.
Avanzada la primera temporada Frieren recuerda su primer encuentro con la gran maga Serie, una elfa como ella. Serie reconoce su talento y le ofrece un hechizo: “Conozco casi todos los grimorios que han sido escritos. Los magos se pasan la vida entera buscando el hechizo que desean. Decime el tuyo y te lo concederé”. Pero a Frieren lo que le interesa de la magia es el proceso: “No lo quiero. La mayor alegría de la magia está en su búsqueda”, responde. Frieren colecciona grimorios. Cuando se encuentra con un hechizo que le llama la atención se toma el tiempo para analizarlo, estudia el sistema de engranajes virtuales que lo componen, aprende cómo funciona y después lo rompe, lo copia, lo reproduce, lo transforma. Como maga, Frieren es investigadora, ingeniera y hacker.

seis
La magia en Frieren no es un tema más en una checklist para hacer fantasía. Las visiones en disputa sobre la realidad social, sobre las búsquedas individuales, sobre la forma en la que el individuo interviene en la sociedad se trasladan al ejercicio de la magia. Esto me lleva de vuelta a Jameson: “el fantasy más consecuente […] propone una meditación sobre la magia en sí misma, sobre sus capacidades y propiedades existenciales, una especie de mapeo figurativo de la subjetividad activa y productiva en su estado no alienado”. El núcleo duro de la fantasía es la figuración de subjetividades que podrían hacerse cargo del desastre que produjo aquel hechicero del Manifiesto. Lo que el mejor fantasy nos puede ofrecer es una fantasía operativa del afuera, un no lugar en el que somos capaces de hacer nuestros los poderes del inframundo y usarlos para crear ese futuro que permanece oculto detrás de una niebla insomne.
Jameson llega a esta conclusión de la mano de la lectura de Hegel que hace Feuerbach. Cuando la narrativa de fantasía es materialista, se hace cargo de ese impulso religioso que proyecta nuestra potencia productiva en la divinidad. Pero en el fantasy esa potencia aparece como magia y, por lo tanto, como una “celebración del poder creativo humano”. Según China Miéville5, en el Manifiesto comunista nuestro poder de agencia se proyecta de forma social e histórica, en la clase, y se transforma en la certeza de que no es necesario que el mundo sea como es. Que si el capitalismo, volviendo a K. Le Guin, parece tan ineludible como lo pareció el derecho divino de los reyes, hay que insistir, si queremos otro orden para la sociedad humana y la vida en la tierra, en la capacidad de agencia de los desposeídos. La lucidez racional sobre el poder de la estructura no puede darnos esa certeza. Para eso hay que dar un salto al vacío, construir una fe materialista en nuestro poder de crear otras formas de mundo.
“Propongo leer la magia […] como una imagen del crecimiento del poder humano y su pasaje al límite, su actualización de todo lo latente y virtual en el entumecido organismo humano del presente”, dice Jameson. Insisto en la palabra “imagen”: el fantasy hereda de los cuentos tradicionales la alegoría. Sus territorios fantásticos pueden leerse como imágenes de territorios reales difíciles de atravesar: nuestra propia psiquis, la realidad social. En su juego de reducciones y claroscuros la fantasía puede convencernos, aunque sea por un rato, de que todavía albergamos la capacidad de transformarnos y transformar el mundo. La reducción que opera el género no es necesariamente una simplificación y, en sus mejores casos, nos permite ver de forma un poco menos confusa el juego entre el miedo y el deseo. Como pasa, sí señoras, en la religión. Como la religión, el fantasy puede ser evasivo y pacificador, o un camino de preparación para las más difíciles batallas.


siete
La tarea de imaginar futuros no es exclusiva ni de quienes hacen ciencia ficción, ni de quienes hacen fantasy, ni de quienes hacen arte en general. Ni siquiera de quienes diseñan, programan, ingenian. Imaginar para transformar es algo que solo podemos hacer entre muchos, en cada una de las tareas que realizamos. Las imágenes no son suficientes, pero pueden contener una potencia que sacude. Este año encontré en Frieren esa potencia, conjugada en el deseo de un después que no es definitivo y no está libre de conflicto, en la invitación al entrenamiento de lo que pueden los cuerpos, y en la atención taoísta al proceso por sobre el resultado.
Viendo Frieren se me hizo clara la sed de imágenes que nos conecten con el deseo colectivo de transformar el mundo. La ciencia ficción hace del futuro una metáfora del presente: despliega las minucias y latencias de este mundo para nuestros ojos enrojecidos. Puede ser lúcida e implacable y necesitamos que lo sea. Pero me gusta pensar que, para no caer en el nihilismo y darnos por vencidas, para no entregarnos como Nick Land al tsunami disgregante del capital, necesitamos también del fantasy. De historias como Frieren o Terramar o Utena. De esos no lugares que no dependen de la lógica atomizada y deprimida de este presente. Utopía no es un pasado idílico al que regresar, tampoco un futuro ideal al que dirigirnos, sino una luz que titila, que nos invita a decir sí y seguir moviéndonos.

Notas:
- Ursula K. Le Guin, “Introduction”, en The Left Hand of Darkness, New York, 2010. ↩︎
- Fredric Jameson, “Radical Fantasy”, en Historical Materialism, vol. 10, n° 4, 2002 ↩︎
- Tres veces gracias a Joaquín Navarro por haber insistido, tres veces, en que viera Frieren. ↩︎
- Gilbert Simondon, Sobre la técnica, Buenos Aires, Cactus, 2017. ↩︎
- China Miéville, Un espectro acecha sobre el Manifiesto Comunista, Buenos Aires, Godot, 2024. ↩︎
