No me acuerdo mucho del resto de la película pero persiste en mí la fascinación por una de sus primeras ideas: una ventana que se vuelve puerta. No se trata de una necesidad, ya que al lado de dicha ventana hay una puerta. Y quizás la presencia inútil de la segunda ayudó a generar el clima de acontecimiento la primera vez que la prostituta dió el saltito y cruzó con su cuerpo el umbral que la ventana insinúa. Me refiero a Nazarín de Buñuel. A la ventana de la habitación del conventillo donde vive el personaje homónimo. Ventana que debido a las idas y venidas de sus vecinos se vuelve puerta. Impera el capricho, ya que, insisto, no hay necesidad de darle ese uso. Pero aun así los personajes saltan la ventana una y otra vez sin que ninguno de ellos haga alusión al hecho de que hay otra puerta ahí.




En el sobreentendido de los personajes para con la forma en la que se usa una casa hay una especie de surrealismo arquitectónico suave. Pero quizás lo que más me fascina es la idea de que una acción, un movimiento, restructure la creencia, la utilidad, que le damos a una cosa. Es como la sensación de estar equivocado por mucho tiempo sin saberlo hasta que alguien nos corrige. O como llegar de noche al hogar que nos hospedará una vacación y amanecer sin saber todavía cómo se verá a la luz del día. Hablo de la posibilidad que no se albergaba como tal. Lo contrario a la automatización de ponerse a hacer una fila porque hay gente que ya la está haciendo. Algo parecido al alivio de estar llegando tarde en el subte y rendirse para bien ante la imposibilidad de hacer algo más que estar ahí yendo. Quizás no se parezca del todo a esto último, pero sí carga con una sensación de bienestar similar. Más parecido a la onomatopeya del “¡ah!” que a la del “¡oh!” o la del “¡uh!”. Puede que esté rodeando una emoción primaria y fugaz conocida usualmente como sorpresa. Pero no me refiero a cualquier tipo de sorpresa, sino a la amena. A la sorpresa amena.
Escribiendo esto de la ventana me acordé también de una silla, pero de otra película de la que no recuerdo mucho más. Más precisamente, una silla de bar de puerto que es fallidamente arrojada contra el protagonista y queda atrapada en una red de pesca que está ahí de decoración. El protagonista no llega a ver que lo estaban por atacar con ella, y por eso se dispone a ayudar a desenredarla. La toma de las patas y hace fuerza para abajo. En la liberación bruta y seca de la silla noquea sin querer a quien iba a herirlo en un principio. Al notar el accidente, apoya la silla contra el piso y sienta al desmayado en ella. Lo que prevalecía en mi memoria era el momento de la silla dada vuelta flotando del techo. Hay ahí una resignificación, pero, a diferencia de la ventana, en este caso está al servicio de lo inútil, de lo momentáneamente decorativo. Un ready-made accidental, efímero. No mencioné la película: Los muelles de Nueva York de Von Sternberg. Una de las favoritas de Borges. Dijo de ella que posee “una realidad puramente alucinatoria, sin subordinación ni cohesión”. Esa idea de alucinación podría leerse como una sorpresa sostenida en el tiempo, algo que se corre de lo establecido. Pero no viene al caso: importa la silla. O, más bien, la sorpresa que ella como objeto ofrece. Su desconcertante deriva suspendida patas arriba más cerca del techo que del piso.


Una pareja amiga que ya no es ni pareja ni amiga tenía un juego que practicaban asiduamente cuando paseaban por la calle. Se trataba de imaginar acciones que desestabilizaran por completo la aparente calma del transcurrir. Por ejemplo: romper las ventanas de un local, sacarle la pistola a un policía, tirarse de cabeza a los autos en movimiento, etc., etc. El juego consistía en eso: hacer una lista a dúo de lo que se podría hacer para pudrirla de lleno. La clave estaba en la efectividad de la acción: tenía que tratarse de algo que instantáneamente cambiara el clima. De estar todo más o menos bien a mal en un solo movimiento preciso. Una sorpresa, también, pero nada amena. Una suerte de shock, como que te aplaudan en la cara mientras estás perdido en tus pensamientos.
Un domingo a la tarde, cuando vivía en Villa Pueyrredón, pasaba por el Cremolatti que está en Terrada y Del Carril. Había una reunión de mujeres y varias de ellas estaban con sus hijos, que revoloteaban alrededor de la mesa. Un nene de tres años caminaba con el impulso, ingenuidad y picardía de quien aprendió a hacerlo hace poco. El nene, sin transición alguna, encaró su arrojo en dirección a la bajada de la calle. El bullicio de la esquina se cortó en seco y solo se escuchó el grito de la madre desesperada llamando al hijo. Por un segundo se paró el mundo y todo parecía indicar que pasaría lo peor: no pasó. El niño fue agarrado y el ruido ambiente volvió de a poco, a la inversa de las canciones que no saben bien cómo terminarse y se van en fundido.


“En una estación del metro”, poema de Ezra Pound, consiste de dos versos: “La aparición de estos rostros en la multitud: / Pétalos sobre un ramo negro y húmedo”. Me fascina el poema, la metáfora traficada en la bajada de verso que adhiere y distancia, en un mismo movimiento, ambas imágenes. Lo único que no me gusta, que hubiese preferido que no estén, son los dos puntos que anticipan la segunda imagen. La presentan antes de que lleguemos a ella. Difuminan la sorpresa, la normalizan. Aun así, la bajada y la contraposición de ambas instancias hacen a la sorpresa, a la novedad de bajar la mirada una línea y encontrarse en un lugar, un tiempo, un espacio que no se esperaba. Raúl Ruiz dijo sobre Pound que su proceso poético consistía en encontrar el mismo nivel de materia poética en la mitología o en el hecho de que no le había gustado la cocina de cierto restaurante. Que Pound “no señala, lo dice simplemente: es un conjunto de citas”. Esa falta de jerarquía, ese horizonte, permite la sorpresa. Lo que sabemos que no debería ser pero el arte, el decirlo/representarlo, permite. La ventana/puerta, la silla/arma. La resignificación que alucina la realidad.
Pienso en “Descansa en mis brazos”, canción de Melero. Los últimos versos son una enumeración, un catálogo de imágenes: “El rímel corrido en la cara / Un rayo, un golpe / Qué miedo, penumbras / Susurros, licores, te quiero”. En el horizonte democrático del inventario de instancias y objetos, la declaración de amor llega con la sorpresa cálida de lo traficado. De lo dicho así porque no podía decirse de otra forma. Queriendo sacárselo de encima: porque no se aguanta, porque da pudor, porque da miedo. Porque, en definitiva, sorprende.
Hay una nota al pie en una de las Notas sobre el cinematógrafo de Bresson que consiste en una, otra, anécdota. Narra un paseo por los jardines de Notre-Dame en el cual Bresson se cruza de frente con un hombre cuyos ojos reaccionan a algo que está atrás de él y que no logra ver. Bresson observa los ojos iluminarse por algo que no sabe qué es. Un instante más tarde ve un chico que se acerca corriendo al hombre. El comentario cierra con la reflexión de que esa cara no lo hubiese impresionado tanto, tal vez ni siquiera la hubiese notado, en caso de haber visto primero al chico yendo hacia el hombre. La impresión, la sorpresa, se da por el orden de los acontecimientos. Ya que estoy, transcribo la nota a la nota al pie: “que la causa siga al efecto y no lo acompañe ni lo preceda”. Una causa a la par del efecto, de la mano. Que pueda ir adelante pero también atrás, encima y por debajo al mismo tiempo. Quizás ahí, en esa libertad del movimiento, en ese rodeo incesante de lo que entendemos por significado, radica la esencia de las sorpresas felices. De los “¡ah!” que anhelo cuando me faltan. Desajustes, resignificaciones. Algo así como levantar el telón de terciopelo para ver los pies del misterio de esta trama llamada vida.

