Instantáneas metropolitanas (Fray Mocho, 1894)

El siguiente artículo, publicado originalmente en el diario La Mañana de La Plata el 29 de octubre de 1894, constituye un documento de relevancia al ser el primer testimonio escrito que se preserva sobre la llegada a Argentina del kinetoscopio, el dispositivo audiovisual creado por Thomas Alva Edison y William Dickson a finales de la década de 1880, es decir antes del cinematógrafo Lumière.

El entusiasta encargado de la cobertura fue el escritor y periodista José Sixto Álvarez Escalada, quien firmó el artículo bajo el nombre de Nemesio Machuca, uno de los múltiples pseudónimos que utilizó hasta adoptar el que lo llevó a la mayor fama, Fray Mocho. El futuro fundador de la revista Caras y Caretas, activo artífice en la difusión local de los novedosos aparatos audiovisuales, vislumbró un indudable carácter popular en el cine. Con su fervorosa desfachatez, Fray Mocho también inauguró una forma de vivenciar y escribir sobre las películas, desde una abolición de la solemnidad que hoy mismo es bienvenida.

Es un placer compartir con las lectoras y los lectores de Taipei el rescate de este documento, el cual se mantenía inédito en Internet hasta el momento. El mismo formará parte de Antología de la crítica de cine en Argentina, un libro en el que estoy trabajando.

Sebastián Santillán


Fray Mocho

Mi querido Niño: Ahora ya no soy aquel trabajador de antes, que usted conoció echando el alma sobre las mesas de redacción, sino uno de los tantos vagos que caminan por las calles de esta ciudad —tan llenas de cosas curiosas—a caza de algo que hacer. Mi correspondencia, pues, no será científica ni literaria, sino sencillamente informativa; me dejaré de libros, de escabrosidades políticas, de investigaciones prolijas y minuciosas respecto a cómo se pasan las cosas en la realidad de la vida y me limitaré, pura y exclusivamente, a pintárselas como yo las veo, a transmitirle los comentarios que oigo por ahí, a ser, resumiendo, un fotógrafo que saca vistas instantáneas para La Mañana.

***

En la calle de Artes, al llegar a Viamonte, barajada con tiendas y mercerías disfrazadas de baratillos, con joyerías en que se venden alhajas vistosas, pero más falsas que promesa de candidato o palabras de novio con intenciones deshonestas, se ha abierto un restaurant de poca apariencia que se llama “Cantina dil 20 Settembro”, cuya única y especial particularidad es que a las doce del día o a las siete de la noche se reúnen en ella la flor y nata de nuestros vagos más conocidos, vale decir, de nuestros poetas de más talento, de nuestros pintores más en auge, de nuestros músicos o cantores más afamados y de los coristas de todas las artes, esos entes raros y originales que forman la corte de admiradores de cualquiera que se distingue en la majada humana, ya sea por una habilidad, por una singularidad de carácter que divierte o por alguna dote excepcional de la naturaleza, tan caprichosa.

Es un vasto salón lleno de pequeñas mesas colocadas en dos filas paralelas, en el cual se oyen hablar todas las lenguas del mundo, donde se conversa en todos los tonos, donde se despelleja a medio mundo con toda gentileza y donde se toma el mejor y más verdadero zumo de las rientes colinas de Toscana.

Le recomiendo este antro cuando ande por estos pagos y se lo recomiendo también a las graves personas que habitan La Plata y que, como gente seria y de orden, cuando puede pescar la oportunidad de dejar sólo por una noche el hogar querido y respetado, echa una caña al aire con el entusiasmo de cualquier jovenzuelo del tiempo viejo, y no digo del presente porque los muchachos de ahora luchan a porfía por saber cuál se aburre con más seriedad, más distinción y más gravedad.

Hoy el Buenos Aires alegre está refugiado en el “20 de Settembro”, y es de allí de donde sale para desparramarse por los teatrillos a gozar en la contemplación de los pacíficos ciudadanos que aún se deleitan oyendo cantar La Verbena de la Paloma, la Cavalleria Rusticana—con un aire que sienta muy bien a comerciantes serios o a futuros yernos de algún viejito dorado, cuya hija está destinada, por ser rica, a sufrir todas las penas del purgatorio—o por esos otros donde bailan francesitas picantes vestidas de hormigas o de mariposas y que se ven repletos por nubes de vejancones que aún conservan un resto de paladar y que se extasían con la pimienta y la mostaza inglesa.

Al día siguiente, a cada noche, a la hora del almuerzo, tiene que ver el salón.

Los viejos barítonos, los tenores de voz cristalina, los Hilariones o los Julianes de las Verbenas, se gritan de mesa a mesa las aventuras de entretelones, en que fue protagonista tal o cual rentista conocido, tal o cual político, médico o ingeniero de renombre.

Y los poetas que se duermen sobre una fuente de tallarines al jugo, los pintores que buscan colorido en un plato de huevos al infierno y los músicos que persiguen un “si” entre los vericuetos de un chinchulín a la parrilla, abren el ojo y aguzan el oído para no perder una sílaba de los relatos espeluznantes en que figuran por lo general zonzos con pantalones y galera y diablos con vestidos y puntillas.

Fred Ott’s Sneeze (1894)

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¿Sabe usted lo que es el kinetoscopio? ¿Cómo no lo ha de saber? Es el último invento de Edison, del célebre electricista yanqui que, según afirman, tiene la manía de no comer cebolla.

Aquí en Buenos Aires tenemos uno ahora, y la verdad es que asombra por el ingenio maravilloso que ha presidido su formación.

¡Es la fotografía, con movimientos!

Dentro de poco, cuando el aparato se generalice, no sólo podrá tener uno un retrato con todos los defectos y bellezas del original, sino que uno verá cómo se ríe la bella que lo cautiva con sus dientes blancos, cómo se rasca la pequeña oreja rosada o cómo se arregla el rizado vello de la nuca con sus dedos de hada.

¿Y ellas? ¡Qué fortuna!

Lo podrán tener a uno con el pelo coquetonamente tieso, con el cigarrillo en la boca lanzando el humo por un lado con una mueca graciosísima, sonriendo dulcemente después de un estornudo de esos que hacen temblar las paredes.

¡Será delicioso!

El aparato es sencillo. Consiste en una sucesión de vistas de la escena que se quiere mostrar, grabadas en cintas de acero que giran en una máquina eléctrica de una manera vertiginosa.

Este movimiento da la unidad y el ojo no percibe la interrupción de las figuras que pasan.

He visto una pelea en una taberna: es perfecta. La tabernera está de pie detrás del mostrador. Se acercan tres parroquianos y piden bebida; ella va al estante, toma la botella, les sirve, se sonríe, coloca la botella en su puesto y, rascándose la frente, oye lo que hablan.

Uno de los bebedores levanta el vaso y arroja el contenido a la cara de uno de sus compañeros que perora exaltado. Se arma una de trompadas indescriptible. Los bebedores se agarran del jopo y se dan golpes por donde pueden; el tabernero llega a los gritos, recogiéndose el delantal, y empuja los desordenados hacia la calle; la tabernera corre de un lado a otro agarrándose la cabeza. Luego el tabernero, barrigón y colorado, se voltea la gorra sobre la oreja con un movimiento compadrón e interpela a la tabernera, que le cuenta algo con gran lujo de visajes y de mímica.

A mí me ha parecido hasta encontrar en sus ojos una expresión singular: me parecía algo así como un deseo de que lo mataran al tabernero a fin de quedar viuda, poder usar crespones negros que le sentarían muy bien, pues es blanca y gordinflona, y quedar en aptitud de casarse en segundas nupcias con algún dependiente o joven vecino que se muestra solícito y mansejón.

Como cosa curiosa y original no he visto nunca nada igual y eso, mi amigo, que yo he estado hasta en una audiencia de don Ladislao Martínez, actual Defensor de Menores, y lo he visto peleando con una señora criolla que había criado una negrita y no quería dejarla visitar con un pardito cochero de tramway que la requería de amores con fines matrimoniales.

***

El Ateneo es el areópago porteño en materia de pintura y literatura y usted sabrá que, a fin de darle importancia, no se admite en él sino gente de talento reconocido. Con este motivo ha habido verdaderas luchas por ingresar en él y hoy la sociedad, formada con elementos de primer orden, va viento en popa.

Ahora prepara una exposición de pintura que será un verdadero torneo de ese arte, pues todos los que lo cultivan se han apresurado a enviar sus telas, seguros de que serán vistas por ojos que entienden.

Cuadros no se han admitido muchos: yo conozco varios que han sido rechazados y han vuelto a manos de sus dueños, que andan bastante enojados por cierto.

Ellos, como los poetas cuyos versos nadie lee, irán muy pronto a engrosar la falange que se reúne en la “Cantina dil 20 Settembro”.

¡Allí habrá que oír juicios y comentarios!

Anda haciendo furor un descubrimiento callejero: es una rosca de papel de colores que vende un italiano.

El dichoso aparato se lleva en la mano, medio oculto, y al enfrentar a la persona que se desea sorprender, se sopla por un pequeño tubo y la rosca se desarrolla tomando el aspecto de una nariz monumental y caprichosa.

Conozco un ñato que lleva ya compradas como diez docenas del juguete original: le gusta ser narigón, aunque sea por chacota.

Saluda al señor director,

Nemesio Machuca

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