Virtud infortunada, vicio próspero

En Lo frío y lo cruel. Presentación de Sacher-Masoch, Gilles Deleuze define a las obras del Marqués de Sade y de Leopold von Sacher-Masoch como literariamente efectivas: ambos describen los síntomas de una perversión, el sadismo y el masoquismo, que llevan sus respectivos nombres. Los dos instauran entidades clínicas a través de su prosa, no de la medicina, lo que lleva al autor francés a preguntarse si esto vuelve grandes clínicos a los escritores. Al ser descriptores de una sintomatología y “padecerla” al mismo tiempo, Sade y Sacher-Masoch son, también, grandes antropólogos, “al estilo de aquellos que saben infundir en su obra toda una concepción del hombre, de la cultura y de la naturaleza”. Los autores despliegan toda una filosofía política al establecer una relación entre estos tres elementos y otro indispensable para esta disciplina: el poder.

Sade, profundamente ateo y crítico de la Monarquía (Justine es escrita durante su estadía en la prisión de la Bastilla), podría considerarse un iluminista oscuro, un moderno del exceso: la razón pura es solipsista, lleva a la concreción del deseo absoluto, negadora de todo contrato social, aunque dependa del poder instituido para existir. Sacher-Masoch es profundamente moderno y romanticista, al necesitar del contrato para que se desarrolle el poder. Es una razón dialéctica, pero que subvierte a Hegel: “el héroe masoquista parece educado y formado por la mujer autoritaria, pero en lo más profundo es él quien la forma y la disfraza”, retomando a Deleuze. El esclavo no necesita reconocerse en el amo; lo modela a su deseo. No hay síntesis, sino suspensión de la ley. En ese sentido, Sade es anti-dialéctico por su solipsismo y rechazo del progreso en la Historia; el deseo es una construcción lógica: es absoluto, unidireccional, no hay falta. Sacher-Masoch supera la dialéctica al subvertirla en la eterna repetición.

En la película Justine (1969), basada en el libro homónimo de Sade, se da un desdoblamiento de la figura del autor: Klaus Kinski interpreta a un Sade preso por sus delirios libertinos, que se ve atormentado por visiones de mujeres desnudas torturadas, mientras escribe la historia de la pobre Justine. Con zooms repentinos, movimientos rápidos de cámara y desenfoques, el director Jesús Franco transmite esa sensación de delirio que padece el autor y lleva a su pluma a torturar sin compasión a su protagonista, guiada por la virtud. Si bien la historia es casi completamente fiel a la novela, mientras que la prosa de Sade es inclemente, reflexiva y filosófica, el tono general de la película es ligero y hasta cómico por momentos, lo que mina la potencia terrorífica y aleccionadora del relato. Sin embargo, la tesis sadiana aparece casi intacta: Justine es violada, marcada a fuego, extorsionada, golpeada y vejada por seguir el camino de la virtud; Juliette, su hermana, que decide prostituirse una vez que las hermanas se separan por la muerte de su madre, prospera y llega a ser esposa de un importante noble al elegir los vicios de la mentira, el sexo, el asesinato y el robo.

En Sade, el poder se da a partir de una facultad de demostración, función superior del lenguaje, según Deleuze. Sin embargo, este despliegue del poder es paradójico porque, como propone Bataille en El erotismo, el lenguaje de Sade siempre es el de la víctima, dado que es la única que puede describir las torturas sin la hipocresía de los verdugos y su poder, su orden institucionalizado. Esto se demuestra en la película de un modo inevitablemente kitsch por su bajo presupuesto, mezclando la erudición libertina del autor con las formas pulp del cine erótico y de explotación. Cuanto más ridícula, la película se vuelve más efectiva: es paradigmática la larga escena donde se le contorsiona la cara al hermano Antonin, líder del monasterio donde secuestran y violan sistemáticamente a varias mujeres (entre ellas, Justine), al gritar repetidas veces que su búsqueda es el placer absoluto. Franco no se vale de escenas excesivamente explícitas (y elude la peor parte de la novela, como cuando le arrancan las muelas y le cortan los dedos de los pies a la protagonista), sino que utiliza otros elementos más cómicos y no tan oscuros, pero no menos perturbadores. Al final de la película, Franco es un humanista donde Sade es altamente misántropo, dándole una resolución feliz a Justine en lugar de asesinarla con un rayo cuando finalmente encuentra la paz. El director español rompe la filosofía sadiana de los infortunios de la virtud; el Marqués la lleva hasta sus últimas consecuencias. De esta manera, la película funciona como transposición del relato en lugar de una adaptación del tratado filosófico de Sade.

También dirigida por Franco y estrenada el mismo año, La Venus de las pieles (cuyo título original es Paroxismus) no es una adaptación directa de la novela homónima de Sacher-Masoch, aunque tanto en su erotismo sofisticado como en la relación entre los personajes se despliega la filosofía sadomasoquista. Siguiendo el esquema rape and revenge, Franco pone en escena, en principio, la primera de las patas de esta práctica: un grupo de sádicos viola y asesina a Wanda (el mismo nombre que la dominatrix del libro), a ojos de un trompetista (Severin) que, aunque se espanta, no detiene el ultraje. Atormentado, encuentra el cadáver de Wanda en la playa, como una Laura Palmer arrastrada por el mar, de piel marmórea y cabellos rubios, apuñalada en el pecho. La peripecia del protagonista comienza cuando ve a Wanda viva en una fiesta, solo que con el pelo más corto, y corre tras ella perdidamente enamorado. Wanda se le aparece a sus tres verdugos en secuencias a lo giallo absolutamente medidas y precisas, donde no mata atacándolos: los seduce para aniquilarlos a través de un arma mucho más violenta, el deseo, uno que se produce en sentido negativo, al negarles la catarsis del placer a sus víctimas.

En Sacher-Masoch el poder también es paradójico, pero en otra dirección: las víctimas hablan con el lenguaje hipócrita del verdugo, ya que son las dos cosas a la vez. Sin embargo, mientras que el sádico demuestra e impone en lugar de persuadir, el masoquismo es altamente pedagógico. El sadismo tiene instructores; el masoquismo, educadores. En Justine, Juliette instruye en el camino del vicio, del mismo modo que los verdugos implementan sus castigos aleccionadores sobre la protagonista. En La Venus de las pieles de Franco hay más sadismo que masoquismo, porque Wanda tortura al trompetista con su cuerpo y se le impone, a diferencia de la novela, donde la dominatrix educa a Severin en la práctica del deseo.

El masoquismo no se da solo por la subversión de la lógica psicoanalítica del deseo como falta, sino por la lógica dolor/placer presentada en la relación entre el protagonista y Wanda. Él sabe que ella está muerta, pero la desea igual, incluso llegando a descuidar la relación con su pareja. A diferencia de la novela, donde Severin desarrolla una relación entre dulce y tortuosa con Wanda, dadas las dudas y reticencias de ambxs al consumar el dominio consensuado de ella sobre él y convertir a Severin en esclavo, en el film Wanda aparece como un objeto de deseo elusivo, en fuga constante: el masoquismo no se da por el sometimiento consciente del protagonista ante una dominatrix, sino por el sufrimiento que le produce no poder alcanzarla y la culpa que lo carcome por haberla dejado morir. Cuando el trompetista vuelve a estar en la playa y corre para ver el cadáver que trajo la marea, se ve a sí mismo muerto: él es la última víctima de Wanda. Ambas mujeres protagonistas, la de la novela y la de la película, se salen con la suya al castigar a sus hombres a través de un deseo que deviene doloroso de tan insoportable. Las prosperidades del vicio acaban mostrándose como una mentira que daña a los hombres involucrados: morirse de deseo, el paroxismo del placer.

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