“Osamu Tezuka: Secrets of Creation”, o la esquela de un kamikaze en constante movimiento

Un señor con anteojos de marco grueso, boina y un enorme ramo de flores en mano, observa cómo una mujer madura le habla con voz aniñada, festejándole una larga carrera y recordando sus años de trabajo en conjunto. La mujer es Mari Shimizu, la voz original de Tetsuwan Atomu, mejor conocido como Astroboy, y el señor es su creador, Osamu Tezuka, el Manga no Kamisama o Dios del manga(1). Con esta escena celebratoria comienza Sosaku no Himitsu (Secrets of Creation), un documental producido por la NHK (el multimedio de radiodifusión público japonés) en 1985, y que desnuda, sin darse cuenta, los muchos niveles de maltrato que puede sufrir un artista en vida.

El documental inaugura, también sin saberlo, una tradición de mostrar el detrás de escena del día a día laboral de los mangakas (un guante que recogería varios años después el artista Naoki Urasawa en una serie de documentales llamada Manben, también producida por el NHK). En este caso son 24 horas, resumidas en 45 minutos, de cómo trabajaba la persona que definió y redefinió la historieta en oriente, la tabula rasa que trasladó su influencia por Walt Disney y otros ejes de la “cultura pop” occidental de entonces hacia el incipiente mercado del manga. El dibujante que en un momento de su vida miró hacia un abismo del que jamás pudo, o quiso, salir.

Hay varias cosas que podemos agradecerle a Secrets of Creation, para bien y para mal. Por un lado, y teniendo en cuenta que esto fue filmado pocos años antes de su muerte, permitió ver de forma exclusiva cómo era el entorno laboral de Tezuka, algo que el maestro deja bien en claro al comenzar: nadie, salvo su mujer y sus asistentes, puede entrar a su oficina, un departamento desaliñado donde se aislaba durante cinco días a la semana. Pero nosotros, los espectadores, no somos testigos directos de un privilegio, sino también de algunas maldiciones. La vida de un workaholic que “vive” en una mansión en la cual nunca está y que es acosado y menospreciado por sus propios editores, aquellos que, beneficiados por el talento inagotable, cuentan frente a cámara los apodos con los que llaman a Tezuka, basados en su retraso con la entrega de las páginas. Estas 24 horas de trabajo lo muestran realizando tres trabajos a la vez, de los cuales logra terminar solo uno, no sin antes regalar a cámara una triste sonrisa, producto de quien deja todo en cada página pero que, sin embargo, y siendo demasiado tarde, tiene que seguir con su trabajo. Momentos antes, mirando estático un reloj, declama “no le tengo miedo, solo quisiera tener más tiempo”, mientras su semblante bonachón sigue inquebrantable.

No hay mercado más salvaje que el del manga. Miles de historias son serializadas semana a semana, lo que empuja a los mangakas a trabajar contrarreloj para entregar veinte páginas antes de la fecha límite. En el medio, cada obra es puesta a competir contra otras en un “concurso de popularidad” donde el lector vota cuál le gusta más. Los artistas son víctimas de la presión popular y de sus superiores, los editores. De este dictamen no escapa nadie, ni siquiera el Dios del manga, que para cumplir con los márgenes, se ve obligado a trabajar en un taxi de camino a un aeropuerto rumbo a Francia; también seguirá trabajando arriba del avión y en su hotel, bajo promesa de “faxear” los originales.

 

Una de las tantas reflexiones que deja el documental, puesta en voz del locutor, es que este “Dios” en definitiva es una persona que trabaja de corrido, durmiendo unas leves tres horas —arriba de su tablero— y con un bloqueo que le impide tanto pensar como dibujar. Unos tres años antes, y en estas latitudes, Luis Alberto Spinetta publicaba un disco con título sugerente: Kamikaze. En sus liner notes, Luis Alberto deja caer un interrogante sombrío e incómodo: ¿lamentablemente no hay más kamikazes de la vida creativa?”, haciendo referencia al artista como un kamikaze completamente asediado por el hecho de que solo se puede ser “más” si se vende; el ascenso a las grandes ligas solo lo permite el sistema capitalista, y no el contenido o la destreza poética. Con esto en mente, es imposible no pensar en Tezuka como un verdadero kamikaze, alguien que corre sus límites de aguante personal a cada hoja, a cada trazo. Estoico e ingenuamente optimista, él esperaba seguir trabajando hasta su centenario, a la vez que afirmaba que tenía tantas ideas que podría venderlas por monedas, actitud literalmente kamikaze; sobre todo dicho por alguien que atravesó una profunda depresión plasmada en su obra de la década del 70, aquella de la que él mismo reniega en cámara, aduciendo no recordarla. Su dedicación fue toda para el manga, tal es así que es irónico pensar que sus últimas palabras —dirigidas a una enfermera— fueron: “Dejame seguir trabajando”, mientras un cáncer estomacal le daba fin al artista más importante del noveno arte, que tan solo tenía 60 años.

Yoshihiro Tatsumi, artífice de la corriente artística denominada gekiga (cómics urbanos, carentes de elementos fantásticos y apuntados exclusivamente para adultos) y eterno amigo y colega de Tezuka, supo decir de su amigo, además de diversos elogios, que su muerte temprana era esperable (al igual que la de varios otros mangakas) por el intenso e imparable nivel de trabajo que manejaba. ¿Qué reflexión nos queda al terminar este documental? Para el final, dejamos de ser testigos de cómo trabaja un genio: observamos en cámara lenta el inevitable derrumbe de alguien que dejó su humanidad en pos de sus obras. ¿Vale la pena festejar el eterno corpus que queda tras la desaparición, cuando éste es fruto de la sangre, sudor y lágrimas de quien la realiza? Osamu Tezuka dejó un legado eterno dedicado a la aventura, la ciencia ficción, a la desesperación humana y su malicia y, como aquellos aviadores, realizó un suicidio altruista, un proceso kamikaze, de 40 largos años. Pasan los años, quedan los artistas. Pero algunos, a qué violento precio.

Notas:

1 Además de haber creado mangas famosos como el ya nombrado Astroboy, Jungle Taitei (Kimba, el león blanco), Ribbon no Kishi (La princesa caballero) o Hi no Tori (Fénix), y de haber guionado numerosos largometrajes, Tezuka también realizó notables cortos animados, algunos de carácter marcadamente experimental, entre los cuales se destacan Memory (1964), Mermaid (1964), Jumping (1984), Broken Down Film (1985) y Push (1987). [N. del E.]

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