Bajo las estatuas viven insectos

Pintadas políticas callejeras que copan las paredes en Cuerpo de letra de Julián D’Angiolillo (2015). Fachadas de fábricas y de empresas que fueron cómplices de la última dictadura en Responsabilidad empresarial de Jonathan Perel (2020). Un cruce de avenidas donde el Estado desapareció a Luciano Arruga en Todo documento de civilización de Tatiana Mazú (2024). En la última década no faltaron documentalistas que filmaron el trazado urbano y las inscripciones que lo atraviesan con una intención clara: desnaturalizar la ciudad. En esa constelación se inscribe Recordá esto (2024), el primer largometraje de Matías Capelli.

Es temprano en Plaza Miserere. Entre los árboles y los faroles, la gente espera colectivos, compra cigarrillos y camina al trabajo. Algunos vendedores ambulantes buscan quien les compre medias o pañuelitos. La cámara, sin embargo, no se detiene en nadie: panea desde un auto en movimiento para que lo único que se mantenga en foco sea el monumento a Rivadavia, el mausoleo donde yacen sus restos. ¿Cuántas veces lo viste en detalle, apurado como estás siempre? ¿Pensaste alguna vez en la rareza de que haya un presidente enterrado en una plaza pública?

Esa es la clase de monumentos que le interesan a Matías Capelli, y con ese tono se interroga la voz en off de Agustina Muñoz que guía esta película ensayo. De herencia markeriana, el artefacto de ficción que construye la voz de la actriz le da una dimensión afectiva al recorrido por Buenos Aires. Siempre en segunda persona, se dirige a alguien ausente que visitó el país, lo recorrió y lo transformó con su mirada. En la charla posterior a la proyección del 14 de marzo en Arthaus, Capelli dijo que ese destinatario ausente, a quien se dirige Muñoz, podría ser él mismo. ¿Por qué el cineasta se pone en el lugar del extranjero? ¿Será que el ensayista es siempre extranjero en su patria, en tanto debe tomar una distancia para especular mejor sobre su objeto?

El encanto de la narración en segunda persona radica en su ambivalencia. Agustina Muñoz se dirige a un amigo, pero también se dirige a vos. Frente a la ciudad mistificada por los aparatos culturales del poder, recordá quién puede pagar un monumento, recordá que Cristóbal Colón no estuvo nunca en Argentina, recordá quiénes representan a los obreros como mártires y quiénes los representan como sujetos de derecho. 

Monumentum significa recordá esto.

La interpelación de la voz que enuncia se intercala con pasajes más bien contemplativos, digresivos, cargados de preguntas. Sucede que el cine ensayo argumenta desde una estructura abierta, a veces no lineal, y en muchos casos centrada en la subjetividad. Ya Chris Marker, pionero del género según André Bazin, había traficado, en sus ensayos audiovisuales, estrategias de la ficción. Y en Argentina no le faltan herederos. Es un acierto, entonces, que Matías Capelli participe de esta tradición sin que la influencia sea flagrante: acaso por su trayectoria como novelista, la enunciación que compone es distintiva, propia. Su estilo es lírico y sensible, pero no pierde de vista que hablar de monumentos es hablar de la historia política, las disputas de sentido que se dan en un territorio, los emplazamientos y las demoliciones como reflejo de todo lo que el Estado pretende construir y destruir.

En esa línea, llama la atención que Recordá esto decida no mencionar algunos gobiernos por su nombre, y prefiera decir que “durante cuatro años” pasó esto y aquello. Al primer peronismo, en cambio, lo recuerda con todas las letras. Un trabajo intenso de investigación y archivo permite ver y oír la ciudad que pudo ser Buenos Aires si los monumentos hubieran mostrado trabajadores plenos y vitales en lugar de sacrificados, como lo hicieron durante los pocos años en los que las calles se poblaron de esculturas que representaban a la clase obrera.

A primera vista, no hay nada más fijo que un monumento. Capelli desconfía de esa quietud, y, además de historizar las transformaciones urbanas mediante el trabajo de archivo, se atreve a registrar el traslado de dos monumentos en 2017, el de Cristóbal Colón y el de Juana Azurduy. Ambos desplazamientos, sobra decirlo, están cargados de connotaciones ideológicas, como si mover las fichas del ajedrez del trazado urbano actualizara a su vez el valor —o la valoración— que un pueblo le da a sus figuras históricas. ¿Es voluntarista o ingenioso por parte de los gobiernos de turno? ¿Cuánto impacto tienen estos movimientos sobre el modo en que nos contamos la historia?

Creo que no exagero si digo que Recordá esto es una película materialista. Una en la herencia de teóricos como Bertolt Brecht. La clase dominante impone sus criterios como verdades universales; el cineasta materialista va a demostrar hasta qué punto esos criterios son impuestos, toda vez que esa clase tiene los medios espirituales de producción. En este caso, los monumentos: relaciones materiales transformadas en ideas estéticas. En una operación desmitificadora, la ciudad de Capelli se vuelve un palimpsesto de estatuas que se yerguen y se destruyen, que se comienzan y se abandonan, que se preservan, se refaccionan, se venden y se olvidan. 

Mostrar la posibilidad de cambio de eso que parecía estable es una política del cine.

Recordá esto se hace cargo de esa política. La voz de Agustina Muñoz especula con una insurrección popular que destruya el monumento a Roca; la superposición de una escultura sin cabeza y la copa frondosa de una palmera mixtura lo vegetal con lo mineral; una grúa levanta un monumento y de su base emerge una colonia enfurecida de bichos. La corrosión, el desgaste y la carcoma son parte de la existencia de los monumentos, como revela una secuencia centrada en los trabajadores que los acondicionan y restauran.

Se dice que hay artes del espacio y artes del tiempo. En sesenta minutos, Matías Capelli logra convertir la escultura, arte del espacio por antonomasia, en un arte del tiempo. A lo inerte le da vida. A lo quieto le da movimiento. Porque cada piedra cincelada podría haber sido diferente. Igual que la historia de un país.

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