Cristhian Flores

Nació en 1993 en Bariloche, Río Negro, que sigue siendo su casa, aunque viva en otra parte. Estudió Periodismo en la Universidad Nacional de Avellaneda y estudia Ciencias de la Educación en la Universidad de Buenos Aires, pero actualmente sus intereses principales son los que canaliza en Taipei: el cine y la escritura. También fundó la revista Paladar Académico y participó de Fotogenia Podcast (México).
El gesto de Rossellini Arrebatos

El gesto de Rossellini

El texto hablaba de sólo algunos de los tantos cineastas que (...) a mi entender son hijos e hijas de ese gesto iniciático que tanto se le reconoce al maestro italiano, ese salir a la calle a filmar una realidad concreta mediante los mecanismos de la ficción; una realidad que no estaba planteada desde una observación objetiva, ni mucho menos documental, pero que contenía en cada plano, en cada escena, en cada fragmento narrativo, más elementos de lo real de los que el cine, rodado principalmente en estudios, conocía hasta ese momento. ¿No es esa integración de otros elementos a la narración, acaso, uno de los rasgos que distingue en la historiografía al cine moderno?(...)
Muerto el cine aún nos queda vasto mundo Arrebatos

Muerto el cine aún nos queda vasto mundo

Antes de constituirse como fenómeno de masas, antes de ser “industria del entretenimiento”, e incluso antes de que se escribiera su historia, el cine fue eso: una forma de registrar el mundo que le otorgó a la humanidad la posibilidad de tener una memoria visual no sólo de sí sino también del espacio que la contiene; la posibilidad de ver eternizada en una pantalla la acción del viento sobre las hojas de los árboles. (...) No hay, como entiende el niño de la gloriosa "The Long Day Closes", de Terence Davies, pantalla de cine más grande que el cielo(...)
“¿Qué hora es allí?”, o la invención de la otredad Arrebatos

“¿Qué hora es allí?”, o la invención de la otredad

Hsiao-kahn acude al puesto de un vendedor de DVD’s y le consulta si tiene cine francés que transcurra en París. El vendedor nombra a Hiroshima mon amour y al mencionado film que inmortalizó el nombre Antoine Doinel. Una señora detrás suyo le consulta al vendedor si tiene películas taiwanesas contemporáneas, y él le responde que no dispone de las que ella busca. En sólo una escena breve, Tsai asume completamente y normaliza el advenimiento de una nueva forma de ver películas de modo doméstico y los efectos que el descubrimiento de toda una historia del cine mundial le puede generar a una industria cinematográfica local(...)