El tipo Abel (Jim Shelley, 1997)

El siguiente artículo fue escrito por el periodista Jim Shelley y publicado en el número 5 de la revista británica Neon Magazine (abril de 1997).

Traducción: Álvaro Bretal

Abel Ferrara en The Driller Killer (1979)

Hotel Chateau Marmont, Los Angeles, verano de 1990

Abel Ferrara está, de nuevo, buscando un abrebotellas. Da vueltas por la habitación, sale al balcón y es momentáneamente paralizado por la luz solar de la Costa Oeste. Inmediatamente vuelve a la oscuridad.

Abel está en la ciudad para promocionar King of New York (El rey de Nueva York, 1990), que acaba de estrenarse, con grandes críticas. Pero de lo único que quiere hablar es del guión que acaba de escribir el actor principal de su película, Christopher Walken. Está basado en la vida de John Holmes: estrella porno, adicto a la cocaína, sospechoso de asesinato y, en opinión de Abel, “un actor increíble”.

Según Ferrara, la identificación de Walken con Holmes se convirtió en una obsesión, aunque no vio ninguna de sus películas, cosa que a Abel le resulta divertidísima.

El guión, dice Abel mientras se ríe, es “demencial. No tiene nada que ver con John Holmes. Es su idea de John Holmes”.

Es una película-dentro-de-una-película, con Walken como John Holmes interpretando a Johnny Wadd, “este detective-gigoló que es contratado por un empresario para que atraviese el país en avión y se coja a su esposa mientras él le lee a ella sus derechos. El sexo es hilarante”(1).

Ferrara lo adora: “Las escenas están en páginas separadas, sin numeración, ¡entonces, si no te gusta dónde las puso Walken, podés intercambiarlas!”.

¿La va a dirigir Ferrara? Vuelve a reírse como un cuervo: “Seguro”, murmura, “¿quién más sería capaz de hacerlo?”.

Hay que admitirlo: es difícil discutírselo.

No existe otro cineasta como Abel Ferrara. Es un rebelde hiperkinético y astuto, con una onda callejera, capaz de hacer un cine intransigente y estimulante como ninguno; películas como la auténtica video nasty(2) The Driller Killer (El asesino del taladro), de 1979; la gloriosa, glamorosa King of New York; y, por supuesto, Bad Lieutenant (Un maldito policía, 1992), la película más implacable, poderosa y perturbadora de su época. Desde que se estrenó King of New York, me mantuve en contacto con Ferrara, cayendo cada tanto en su oficina/loft de la Calle 18 Este del Lower East Side, generalmente a mitad de la noche, porque los días de Abel suelen empezar a eso de las ocho de la noche.

En 1992, Bad Lieutenant ganó su controversial calificación NC-17(3), que suele ser reservada para el cine porno. A Abel le informaron que la película se iba a estrenar el Día de Acción de Gracias, una fecha tradicional para películas-evento y tanques.

“Sí”, resopló Ferrara en su típico arrastre de palabras con aire malévolo, “pongan a los chicos en los vagones de la estación y que bajen. Que vean cómo vive la otra mitad”.

En lo que respecta a la mayoría de la gente de Hollywood, Abel Ferrara es la otra mitad. Por empezar, el retrato de policías corruptos, criminales y asesinos despiadados de sus películas representa la evocación más convincente de la vida callejera neoyorquina que se puede ver en el cine moderno — Scorsese sin los clichés ni la condescendencia comercial. Aunque Ferrara alguna vez admitió que conocer a un par de policías le ha sido de utilidad, no pudo evitar matizar su comentario: “En el día a día, preferimos pasar el rato con el otro lado de la ley”.

Nacido y criado en el Bronx, casi siempre vestido enteramente de negro, Ferrara habla una mezcla de grueso rap neoyorquino y pesada jerga gángster: “Yeah, G”, “wassap homies”, “knowadamsayin’”(4) y frases como “Esa fue una crítica fría, viejo”. Corpulento, con una risa fuerte como un ladrido, voz ronca y un crucifijo enorme colgándole del cuello, puede resultar bastante intimidante. Hasta Laurence Fishburne, que se pasó un año en la selva de Filipinas filmando Apocalypse Now (Apocalipsis Now, Francis Ford Coppola, 1979) con dementes de primer nivel como Hopper, Sheen y Coppola, una vez me dijo: “Tipos como Abel y Walken están en el límite, viejo. Ellos son el límite. No hay una mierda que esos hijos de puta no hayan visto”.

Hay muchas historias sobre Abel Ferrara que uno asumiría que son apócrifas. Indefectiblemente, resultan no serlo.

En 1984, Abel estaba en una tribuna pública de una corte de Nueva York; había asistido al juicio de un gángster como parte de su investigación para la serie de televisión de Michael Mann Crime Story (Historia del crimen, 1986-1988). De pronto, el juicio se interrumpió: el fiscal se quejó ante el juez de que un miembro de la audiencia estaba intimidando al jurado.

“Estaban hablando de este tipo con anteojos de sol”, dice Abel. “Me doy vuelta para ver quién era, y detrás mío no había nadie. Era yo”.

Hotel Dukes, Londres, invierno de 1996

Tirado en su cama mientras lo entrevista algún periodista perplejo de una revista de cine, Abel está lejos de lucir intimidante. Es la mañana después de la noche anterior. Estoy en la habitación de al lado, todavía limpiando el despelote. Abel no está diciendo mucho, pero, personalmente, estoy sorprendido de que pueda hablar y todo.

Entrevistar a Abel es, en el mejor de los casos, notablemente complicado. Por momentos intenso, lacónico e híper, tiene un lapso de atención de medio segundo.

Si le preguntás a cualquier cineasta del mundo cuáles son sus películas favoritas, enseguida te va a dar una lista de sus influencias seminales. Si le preguntás lo mismo a Abel Ferrara, te va a decir que la semana pasada vio 12 Monkeys (Doce monos, Terry Gilliam, 1995) y que, bueno, estaba bastante bien.

Podés preguntarle algo y ver cómo se aleja —o directamente se va— a hacer alguna otra cosa. Va a salir de la habitación para ir a buscar una cerveza. Pero va a ir hasta el almacén, a comprarla.

Ayer estaba presentando la Masterclass Abel Ferrara en el Festival de Cine de Londres. Durante la presentación, después de diez minutos y un par de preguntas —en medio de un clip de su nueva película, The Funeral (El funeral, 1996)— Abel se paró y dejó el escenario. Ante la evidente confusión de la audiencia, la película siguió proyectándose mucho más allá del clip corto que se suponía que tenían que ver. Abel había abandonado el edificio.

El presentador explicó que Ferrara había tenido que ir a comprar una pizza, pero no era estrictamente cierto. Abel tuvo que ir a buscar una cerveza, y para poder comprarla tuvo que comprar una pizza.

Pero Ferrara no es un maníaco unidimensional, como se lo suele estereotipar. De hecho es generoso, divertido y, sinceramente, bastante tímido. De todas sus películas, su favorita es China Girl (Suburbios de muerte), de 1987, su versión de Romeo y Julieta ambientada en una Chinatown contemporánea y multirracial. Durante la masterclass, mientras detrás suyo se proyectaba la escena de Bad Lieutenant en la que Zoë Lund le dispara a Harvey Keitel, se lo podía ver estremecerse.

“No puedo creer que estemos todos sentados acá mirando esta mierda”, dijo, mientras se retorcía en su asiento. “Es domingo, la puta madre. Rajemos de acá”.

Hizo una pausa. “A veces te preguntás si esto es demasiado pesado. Estás en una iglesia en Jersey filmando cómo se violan a esta chica. En el altar. Pensás: ¡Mierda!”. La chica que interpretaba a la monja violada en Bad Lieutenant le preguntó a Abel si estaba seguro de que había sido lo suficientemente violento. “Estos chicos de hoy”, murmuró, sacudiendo la cabeza.

Discutir sus películas una vez terminadas no es algo que le interese particularmente a Ferrara. Incluso si lo llenás de halagos, va a decir entre dientes: “Sí, sí, está bien”. Cuando le preguntan si filmar Bad Lieutenant lo afectó, solo murmura: “, mucho”.

Ferrara se siente incómodo hablando de cualquier cosa demasiado personal, y por lo tanto no analiza su obra. Le gusta particularmente la respuesta que dio Walken cuando le preguntaron qué pasa con el pabellón para niños que su personaje está tratando de salvar en King of New York. “Walken dijo: ‘Nada. La película se termina’, ¡jaja!”.

Resulta extraño y refrescante encontrar en la industria cinematográfica a alguien como Ferrara, a quien no le preocupa vender sus películas en la prensa. Ferrara razona que, a esta altura, la mayoría de la gente ya sabe si tiene ganas de ver su estilo de cine, y es probable que tenga razón.

La verdad es que nadie piensa en hacer películas como las de Ferrara. Ni hablemos de efectivamente hacerlas.

Abril de 1997 es un buen mes para los devotos de Ferrara. Tanto The Funeral —una historia de gángsters sobre tres hermanos, ambientada en la década del 30, con Benicio Del Toro, Chris Penn, Annabella Sciorra e Isabella Rossellini— como la bizarra película de terror/drogadictos en blanco y negro The Addiction, con Lili Taylor y Sciorra, serán estrenadas el mismo día.

“¡The Addiction y The Funeral se van a estrenar el mismo día en Gran Bretaña!”, repite Ferrara con asombro. “Qué día jodido”.

En ambas películas actúa Christopher Walken.

“Yo y Walken”, dice, “somos como Fassbinder. Simplemente agarro el dinero, consigo las chicas, lo llamo y filmamos durante el fin de semana. Improvisamos”.

De acuerdo a las legiones de fanáticos de Ferrara, podemos olvidarnos de Tarantino. Las películas más duras y copadas de los últimos veinte años fueron dirigidas por Abel Ferrara. A fines de los 70, cuando Quentin estaba leyendo historietas y masturbándose con Charlie’s Angels (Los ángeles de Charlie, 1976-1981), Ferrara estaba filmando The Driller Killer, una película retorcida e impactante, de presupuesto inexistente, sobre un artista (interpretado por Ferrara) que se vuelve loco por culpa de una banda de rock que está ensayando en su edificio. Enloquecido por la polución sonora, se convierte en un vigilante que sale a la calle con un taladro eléctrico dispuesto a matar a cualquiera que se le cruce. La historia se le ocurrió a Ferrara cuando sus vecinos de al lado no paraban de molestarlo con música fuerte.

King of New York es pura clase, a kilómetros de Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994) en lo que respecta a un estilo cinematográfico depurado y calle. Como reconoció el propio Tarantino, es la mejor película no-italiana de gángsters desde Scarface (Caracortada, Brian De Palma, 1983). Y comparada con Bad Lieutenant, Reservoir Dogs (Perros de la calle, Tarantino, 1992) es para boy scouts, cosa de chicos, una película comercial y superficial. Puede juzgarse el abismo entre ambas contrastando la intensidad de las actuaciones que obtuvo de Harvey Keitel cada director.

Pero, por supuesto, es precisamente porque los films de Ferrara son más oscuros, más profundos y más perturbados que los de Tarantino, que nunca tuvieron la misma difusión. Los protagonistas de Abel Ferrara son hombres atormentados. En Estados Unidos, a todas sus películas, con excepción de Body Snatchers (Usurpadores de cuerpos, 1993), le dieron calificación X o equivalente.

“Tienen que tener algo que llaman ‘el clima de una X’, que siempre suena a una canción de Duke Ellington”, dice.

¿Entonces siempre estás seguro de por qué a una película la califican X?

, estamos muy seguros. Si existe algo como un clima de X, nosotros lo tenemos”.

Cuando la gente decía que a Keitel podían llegar a darle un Oscar por Bad Lieutenant y The Piano (La lección de piano, Jane Campion, 1993), Ferrara no quería saber nada.

“Sería un insulto tener cualquier tipo de reconocimiento por parte de esa gente”, gruñó.

Los detalles sobre el pasado de Ferrara son, como era de esperarse, vagos. Tiene 45 años; es de cáncer. Fue criado católico. Tiene dos hermanas y dos hijos amerindios adoptados. Probablemente. Su esposa, Nancy, interpretó a la esposa de Harvey Keitel en Dangerous Game (Juego peligroso, 1993).

Habla muy poco de su familia. Una vez me describió a su padre como un “comerciante bastante dudoso. Uno de esos tipos con momentos buenos y momentos malos. Nosotros veíamos ambos lados”. Ferrara fue a la escuela en la parte norte de Nueva York. Fue allí, a los 15 años, donde conoció a su colaborador regular, el callado y ascético guionista Nicky St. John, quien escribió The Funeral y The Addiction en paralelo durante seis meses. A los 16, Abel abandonó una banda en la que también tocaba Nicky —sus dos grandes amores son el hip-hop y Bob Dylan— y empezó a hacer películas en Super-8, muchas de las cuales “no se podían ver ni escuchar”. Cuando se le pregunta si fue a una escuela de cine, pone cara de “¿me estás cargando?” y murmura algo sobre que las escuelas de cine son lugares a los que se va para “adquirir” equipamiento.

The Driller Killer fue su primer largometraje. Fue filmada “en estilo de guerrilla urbana — con cinco personas. Un equipo compuesto por personajes de Filadelfia que se la pasaban yéndose a Panamá a hacer trabajos mercenarios y mierda así”. Todavía trabaja con algunos de ellos. Dos años después hizo la increíble película de vigilante feminista Ms .45: Angel of Vengeance (Ángel de venganza, 1981), co-escrita y co-protagonizada por Zoë Lund, quien interpreta al personaje del título. El propio Abel apareció como Primer Violador.

Continuó con un intento fugaz de trabajar dentro del cine mainstream: Fear City (Ciudad del crimen), de 1984 (con Tom Berenger y Melanie Griffith), el piloto de la serie Crime Story, de Michael Mann, y dos episodios de Miami Vice (División Miami, 1984-1989). En 1989 filmó la adaptación de Elmore Leonard Cat Chaser (El cazador de gatos), pero fue destrozada por el estudio. “Ni siquiera yo podía seguir la trama”, dice. Luego, King of New York fue financiada por el futuro primer ministro italiano Silvio Berlusconi. Relanzó la carrera de Walken, y funcionó como trampolín para Larry Fishburne, Steve Buscemi, David Caruso y Wesley Snipes.

Es posible que Dangerous Game, de 1993 —con la combinación delirante y perturbadora de Harvey Keitel, Madonna y James Russo— haya sido demasiado cercana tanto para Keitel como para Ferrara. En esa época, las vidas personales de ambos se estaban yendo a la mierda.

“O la captabas o no”, dice ahora. La forma en que Ferrara se refiere a ella —”Who’s Afraid of Virginia Woolf? (¿Quién le teme a Virginia Woolf?, Mike Nichols, 1966) en ácido, o The Player (Las reglas del juego, Robert Altman, 1992) más Contempt (Le mépris / El desprecio, Jean-Luc Godard, 1963) más Cassavetes”— logra transmitir la idea general. En cualquier caso, la actuación de método, consistente en consumir drogas y alcohol durante la película, siempre resulta atractiva. Es probable que la actuación tensa de Russo se vea mejor como un eco del protagónico de Bad Lieutenant. Abel califica a la actuación de Keitel en esa película como “Harvey en su nivel más Harvey”. Su compromiso personal con el papel del detective en bancarrota moral y financiera cuya alma está en el infierno y busca algún tipo de salvación, sangra en cada plano.

“El infierno está acá ahora — y también la oportunidad de conocer el cielo”, me dijo Keitel una vez, intentando explicarme. “Si tenés la voluntad de hacer el viaje, vas a acercarte a un lugar que, en mitología, se llama el vacío sagrado, el abismo. Y te acercás a la luz”.

“No sorprende que Harvey se pusiera mal cada vez que le decía que Bad Lieutenant iba a convertirse en una película para coger”, se ríe Ferrara.

La autenticidad que logró Ferrara en Bad Lieutenant se encuentra en cada detalle. Los niños que juegan en el fondo mientras Keitel toma cocaína sobre unas fotos de comunión son los hijos del actor. La chica con la que se masturba Harvey en el auto —en su primer, y aparentemente último, papel— es la niñera de los chicos.

El hecho de que Ferrara haya escrito Bad Lieutenant siempre indicó que trataba sobre sus demonios personales, pero él niega que sea necesariamente su film más personal. “Harvey tiene una forma de hacer que parezca más personal de lo que es”, dice mientras se encoge de hombros. “Pienso que Bad Lieutenant viene del mismo lugar del que hemos venido siempre”.

Variety la comparó con The Silence (Tystnaden / El silencio, 1963), de Ingmar Bergman, elogiando el modo en que “aborda el tema de la ausencia de Dios en la vida de la gente en un contexto mórbido y sexualmente explícito”.

Abel aprecia la comparación. “The Silence es una peli copada. Está este tipo, y dos minas, dos minas que están muy buenas, y se las coge”.

Pero no es tan efusivo. “¿Quién carajo va a ir a ver una película a la que comparan con Ingmar Bergman?”, gruñe. Prefiere el palazo que recibió de The Hollywood Reporter: “Hicieron una lista de todas las cosas que odiaban de la película. Y yo pensaba: ‘¡Es una película que me encantaría ver!’”.

Una casa elegante en el Soho de Nueva York, primavera de 1995, 6am

Abel está filmando la última escena de The Addiction. Es un cocktail de alta sociedad en el que la mitad de los invitados son vampiros. Hay extras cubiertos de sangre por todas partes, mezclados entre los amigos de Abel y tenebrosos parientes italianos (por no mencionar un número desproporcionado de chicas hermosas, algunas de las cuales tal vez terminen apareciendo en la película).

En un rincón hay un vampiro que mira perdido hacia la nada. Annabella Sciorra se le acerca: “¿En qué estás pensando?”. Él sigue mirando al frente, y después de un tiempo responde: “¿Qué tal?”. Apenas puede hablar.

Abel está inquieto; espera que los responsables de la iluminación y el maquillaje terminen de hacer su trabajo, impaciente por empezar a filmar.

“Espero que tanta gente como la que hay acá vaya a ver la película”, se dice a sí mismo. La maquilladora moja con sangre falsa la cara de Annabella Sciorra. “Tirásela toda encima”, dice Ferrara. La chica vacía la botella sobre Sciorra. “Muy bien, nena”.

La siguiente escena consiste en que la cámara siga a la actriz Lili Taylor mientras da vueltas por la fiesta, con varios extras cruzándose por su camino. Lo normal sería que la toma esté rigurosamente coreografiada. Pero Abel trata de improvisar.

“La única forma en que podemos lograr esta escena”, anuncia después de un par de intentos, “es con un golpe de suerte”.

Mientras comienza un ataque vampírico, Ferrara está parado detrás de la cámara, murmurando con entusiasmo: “Bien, vamos. Con fuerza. Sí, mami, así. Bien. Eso estuvo tremendo”.

El camarógrafo señala que en la última toma se veía un destello de luz.

”, dice Abel. “Pero se veía bien”.

Aunque está filmando The Addiction en tan solo cuatro semanas, con un presupuesto minúsculo, así y todo Ferrara tuvo que pelear para que le permitieran hacerla en blanco y negro. “Ya nadie quiere ver blanco y negro”, le dijo un potencial financista.

“¿Y qué podés decir de Schindler’s List (La lista de Schinder, Steven Spielberg, 1993)?”, preguntó Abel.

“Esa era sobre el Holocausto”.

“Bueno, esta es sobre el Holocausto”, insistió. “Mi propio Holocausto personal”.

En el estudio no hay lista de tomas, no hay ensayos y no hay storyboards. Así es como le gusta trabajar a Ferrara, confiando en la calidad del elenco y el apoyo y la dedicación de su equipo de filmación, que trabajó prácticamente en todas sus películas y obviamente lo ama. Son su familia. En el estudio le dice a todos “hijo de puta”, incluyendo a Lili Taylor. Abel siempre se refiere a su obra como “las películas que hicimos”.

Abel Ferrara ama a sus actores, por encima de todas las cosas. La primera vez que vi Bad Lieutenant lo llamé para felicitarlo. Su reacción inmediata fue: “¿Y qué tenés para decir sobre Harvey? Se lanzó a la película sin red, viejo”.

“Hacer películas”, dice Ferrara, “es un viaje comunitario. Pasa algo especial cuando estás haciendo una película y nadie está recibiendo un salario. Todos están ahí por las razones correctas. Hay un clima dulce, que a veces se pierde en las filmaciones grandes”.

Su fe siempre terminó estando justificada. Aunque se suele considerar que las películas de Ferrara tratan sobre temas masculinos (amistades y traiciones masculinas; violencia, poder y venganza), también consigue actuaciones grandiosas de sus actrices femeninas, como Madonna, Zoë Lund y Lili Taylor. Y en The Funeral, Annabella Sciorra, Isabella Rossellini y Gretchen Mol. Su próxima película incluye hasta una actuación exquisita de Claudia Schiffer.

Su camarógrafo Ken Kelsch dice: “Para mí, una película de Abel Ferrara significa ir lo más lejos posible. Los actores llegan a sus límites. Algunos de ellos ni siquiera saben cuáles son sus límites hasta que llegan al set y Abel los trabaja con ellos”.

Abel siente particular admiración por Walken y Keitel. “Simplemente los dejo trabajar”, me dijo una vez. “Lo único que hago es tratar de que mantengan el foco”.

En estos años, además de la película sobre John Holmes, muchos otros proyectos de Ferrara quedaron a mitad de camino, incluyendo un film sobre la vida de Pier Paolo Pasolini (quien, bizarramente, sería interpretado por Zoë Lund). También iba a haber una remake de La dolce vita (Federico Fellini, 1960). Y Birds of Prey, en la cual Los Angeles es gobernada por una corporación tipo IBM y estar desempleado es ilegal.

“Walken iba a interpretar al líder de la Gestapo. Si te paran sin una tarjeta de crédito American Express, Walken te vuela la cabeza”.

Actualmente está desarrollando sus dos próximas películas y quiere hacer una serie de televisión para HBO, con episodios semanales de treinta minutos, ambientada en el club de strippers que suele frecuentar (“Va a ser una mezcla entre los clubes de King of New York, la Mesa Redonda de Dorothy Parker(5) y el club al comienzo de Star Wars (La guerra de las galaxias, George Lucas, 1977)… Nuestra Peyton Place(6)). Por ahora, están involucrados en el proyecto Walken, Willem Dafoe, Buscemi, y prácticamente todas las estrellas femeninas de sus otras películas, por no mencionar “algunos otros freaks de verdad”.

La próxima película de Abel Ferrara está terminada y lista para proyectarse en Cannes: The Blackout (Oculto en la memoria, 1997), con Schiffer (“como la chica buena”), Matthew Modine, Beatrice Dalle, la estrella de Scarface Steven Bauer, y Dennis Hopper.

“Es otra película en nuestro género de tipos llorones que pierden a sus putitas y no dejan de llorar por eso”, dice Abel.

Filmada en hermosos azules, en Miami y Nueva York, es “un film tipo Vertigo (Alfred Hitchcock, 1958)” sobre un tipo (Modine) que comienza a creer que asesinó a alguien durante un fin de semana perdido repleto de drogas “en el que consume coca, crack, hongos, todo. Gas hilarante, píldoras para la alergia, va hasta el fondo”.

Un primer corte incluye las escenas de sexo más salvajes de la filmografía de Ferrara, con un Hopper pelado que sobrepasa en furia y locura su actuación en Blue Velvet (Terciopelo azul, David Lynch, 1986).

“Hopper es dinamita”, promete Ferrara. “No paró de volverme loco, de romperme las bolas… pero, ya sabés, el talento manda”.

“Mientras tanto”, no puede parar de reírse, “Claudia Schiffer anda dando vueltas, yendo a la televisión, diciéndole a todo el mundo cuánto me quiere y lo dulce que soy”.

Podría arruinar su reputación.

Notas:

1 Johnny Wadd es el personaje que interpreta John Holmes en la película pornográfica homónima (Bob Chinn, 1971). [N. del T.]

2Video nasty” es el nombre coloquial con que se hace referencia en el Reino Unido a una serie de películas que, tras su distribución en formato VHS a comienzos de los 80, fueron duramente criticadas en los medios de comunicación por su contenido violento. [N. del T.]

3 NC-17 es la abreviatura de No Children Under 17 Admitted (en español: “No se permiten niños menores de 17 años”), una de las categorías de clasificación de películas de la Motion Pictures Association of America (Asociación Cinematográfica de Estados Unidos). [N. del T.]

4 Frases de difícil traducción, que intentan reponer expresiones cotidianas propias de jóvenes neoyorquinos. [N. del T.]

5 Referencia a la Mesa redonda del Algonquín (en inglés: Algonquin Round Table), grupo compuesto por periodistas, críticos, escritores y actores vinculados con el mundo del espectáculo de Broadway, cuya principal animadora era la poeta, cuentista, guionista y crítica Dorothy Parker. [N. del T.]

6 Serie de televisión creada por Grace Metalious y transmitida en la televisión norteamericana entre 1964 y 1969, considerada precursora en el género telenovela. [N. del T.]

One Comment

  • Ferrara no tiene códigos, por eso es el mejor. Excelente nota!!!

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *