Las mañanas grises de la tolerancia (Michel Foucault)

En marzo de 1977 se publica este breve y conciso texto de Foucault sobre la película de Pier Paolo Pasolini Comizi d’amore, producida en 1963 y estrenada en 1965, casi quince años antes1. Se trata de un film relativamente poco conocido y visto dentro de su filmografía, un documental de cinéma-vérité o cine-reportaje muy caro a su época, en el que el italiano interroga sobre el “amor” a la multitud aleatoria y anónima que se agolpa en las calles de distintas zonas del país. El abordaje de la película se inscribe en esa pendiente de problematización de la relación entre la verdad y el sí mismo en la experiencia moderna de la “sexualidad” a la que estaba abocado por entonces el pensador francés. En efecto, en diciembre del año anterior había visto la luz La voluntad de saber, el tomo I de la Historia de la sexualidad. Foucault encuentra en ese parloteo cinematográficamente inducido, torpe y espontáneo sobre el sexo posiciones diferenciales de género, clase y edad (las nuevas generaciones de ragazzi son un foco clave de la contienda), y a la vez una imposibilidad generalizada de trascender el marco jurídico al hablar de la sexualidad. Atisba allí una mutación inminente en la moral sexual italiana, que lejos de encarnar la utopía lírica de una sexualidad liberada, no resultó ajena al boom modernizador de la economía, el Estado de Bienestar y las mieles del conformismo, como el mismo Pasolini se encargaría de señalar más tarde en Escritos corsarios o Saló o los 120 días de Sodoma. En todo caso, Foucault termina celebrando, en aquella coyuntura, el campo de experimentación microfísica y las convulsiones políticas suscitadas por el autonomismo italiano, uno de cuyos epicentros fue Bolonia.

Miguel Savransky

Traducción: Felisa Santos

¿De dónde vienen los niños? De la cigüeña, de una flor, del Buen Dios, del tío de Calabria. Pero, mirad más bien el rostro de esos chicos: no hacen nada para dar la impresión de que creen lo que dicen. Con sonrisas, silencios, un tono lejano, miradas que van a la derecha y a la izquierda, las respuestas a esas preguntas de adulto son de una docilidad pérfida; afirman el derecho a guardar para sí lo que nos gusta cuchichear. La cigüeña es una manera de burlarse de los grandes, de darles el cambio en moneda falsa; es el signo irónico, impaciente, de que la pregunta no irá más lejos, que los adultos son los indiscretos, que no van a entrar en el juego, y que el “resto” el chico continuará contándoselo a él mismo.

Así empieza el film de Pasolini.

Investigación acerca de la sexualidad2 es una muy extraña traducción para Comizi d’amore: comicio, reunión o quizás foro de amor. Es el juego milenario del “banquete”, pero a cielo abierto sobre las playas y los puentes, en el rincón de los que callan, con chicos que juegan a la pelota, muchachos que callejean, bañistas que se aburren, prostitutas enracimadas en un boulevard, u obreros después de la fábrica. Muy lejos del confesionario, muy lejos también de una investigación en la que, bajo la garantía de la discreción, se interroga a las cosas más secretas, son Palabras callejeras sobre el amor. Después de todo, la calle es la forma más espontánea de la convivialidad mediterránea.

Al grupo que deambula u holgazanea, Pasolini, como al pasar, le tiende el micrófono: plantea, entre bastidores, una pregunta acerca del “amor”, acerca de ese dominio indeciso en el que se cruzan el sexo, la pareja, el placer, la familia, los noviazgos con sus costumbres, la prostitución y sus tarifas. Alguno se decide, responde hesitando un poco, se tranquiliza, habla por los otros; ellos se acercan, aprueban o refunfuñan, brazos sobre los hombros, cara contra cara; las risas, la ternura, un poco de fiebre, circulan rápidamente entre esos cuerpos que se amontonan o se rozan. Y que hablan de ellos mismos con más reserva y distancia cuando su contacto es más vivo y cálido: los adultos se yuxtaponen y discurren, los jóvenes hablan brevemente y se abrazan. Pasolini entrevistador se esfuma, Pasolini cineasta mira y es todo oídos.

El documento es inapreciable cuando uno se interesa más en esas cosas que se dicen que en el misterio que no se dice. Después del reino tan largo de lo que se llama (muy apresuradamente) la moral cristiana, podía esperarse, en esa Italia de los primeros años sesenta, alguna efervescencia sexual. Para nada. Obstinadamente, las respuestas están dadas en términos de derecho: a favor o en contra del divorcio, a favor o en contra de la preeminencia del marido, a favor o en contra de la obligación de virginidad para las muchachas, a favor o en contra de la condena de los homosexuales. Como si la sociedad italiana de esa época, entre los secretos de la penitencia y las prescripciones de la ley, no hubiera todavía encontrado voz para esta confidencia pública del sexo que nuestros medios hoy difunden.

“¿No hablan de eso? Es porque tienen miedo” explica Musatti, psicoanalista banal, que Pasolini interroga de vez en cuando, como a Moravia, en la investigación en vías de hacerse. Pero Pasolini, manifiestamente, no se lo cree. Lo que atraviesa todo el film no es, creo, la obsesión del sexo, sino una suerte de aprensión histórica, de hesitación premonitoria y confusa ante un nuevo régimen que nacía entonces en Italia, el de la tolerancia. Y es ahí que se marcan las rupturas, en esta multitud que acuerda, sin embargo, en hablar del derecho cuando se la interroga acerca del amor. ¿Rupturas entre hombres y mujeres, campesinos y citadinos, ricos y pobres? Sí, claro, pero sobre todo entre los jóvenes y los otros. Éstos tienen miedo de un régimen que va a trastornar todos los ajustes dolorosos y sutiles que habían asegurado el ecosistema del sexo (con la prohibición del divorcio que retiene, de manera desigual, al hombre y a la mujer, con el burdel que sirve de figura complementaria a la familia, con el precio de la virginidad y el costo del casamiento). Los jóvenes abordan ese cambio de una manera muy diferente; no con gritos de alegría sino con una mezcla de gravedad y de desconfianza, porque lo saben ligado a transformaciones económicas que corren el riesgo y mucho de reconstruir las desigualdades de la edad, de la fortuna y del status. En el fondo, las mañanas grises de la tolerancia no encantan a nadie y ninguno presiente allí la fiesta del sexo. Con resignación o furor, los viejos se inquietan: ¿qué va a pasar con el derecho? Y los “jóvenes”, con obstinación, responden: ¿qué va a pasar con los derechos, con nuestros derechos?

Este film, de hace quince años, puede servir de referencia. Un año después de Mamma Roma, Pasolini persigue lo que va a devenir, en sus films, la gran saga de los jóvenes. De esos jóvenes en los cuales no ve para nada a adolescentes para psicólogos, sino la forma actual de una “juventud” que nuestras sociedades, desde la Edad Media, desde Roma y Grecia, no han nunca podido integrar, que han temido o rechazado, que nunca han llegado a someter, salvo haciéndola matar de vez en cuando, en la guerra.

Y, además, 1963 era la época en la que Italia acababa de entrar ruidosamente en ese movimiento de expansión-consumo-tolerancia del que Pasolini debía hacer un balance, diez años después, en los Escritos corsarios. La violencia del libro responde a la inquietud del film.

1963 era también la época en que comenzaba un poco por toda Europa y en los Estados Unidos esa puesta en cuestión de las formas múltiples del poder que los sabios nos dicen que está “de moda”. ¡Y bien!, sea; la “moda” corre el riesgo de llevarse todavía un tiempo más, como estos días en Bolonia.


Notas:

1 El artículo fue publicado originalmente bajo el título “Les matins gris de la tolérance” en Le Monde nº 9998 (23 de marzo de 1977), p. 24. [N. de los E.]

2 Enquête sur la sexualité, título francés de la película. [Nota de la traductora.]

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